La nostalgia del punk y el punk de la nostalgia en «Cuando fuimos punks» de Agustín Guambo

 

Si Sid Vicious o Josu regresaran a la vida en este 2020 convertidos de súbito en otra clase de personas y sujetos políticos ¿sentirían nostalgia por su pasado punk? Se me vino esta pregunta luego de leer el último libro Agustín Guambo, nombre ya referencial de los poetas ecuatorianos nacidos en los años ochenta. En el marco de una trayectoria literaria ligada a los espacios alternativos, a la reivindicación de un locus enunciativo específicamente andino y a las publicaciones artesanales, la poesía de Agustín Guambo ha venido proyectando una voz sugestiva desde sus primeros trabajos (algunos directamente inhallables como POPEYE’s SEA, donde el expresionismo dominaba el registro expresivo) hasta libros experimentales donde la voz poética buscaba su propia singularidad en un lenguaje eufórico, gestual y apocalíptico marcado por la cercanía con el arte conceptual y una especie de destructivismo cibernético, como en Ceniza de rinoceronte. Aquí, en cambio, en este bello Cuando fuimos punks (2019), Guambo toma distancia del concepto –o lo interioriza- en una especie de “walking around” a través del tiempo social y el espacio físico de unas calles nebulosas de un barrio quiteño llamado Comité del Pueblo, y se reencuentra con amigos a través de la memoria escrita, específicamente con una jorga que parece haberlo muy significativa en algún momento de la vida juvenil.

Esa evocación de los amigos abarca todo un pasado que el poeta busca proyectar especularmente hacia el presente. El punk, quizás el último movimiento contracultural auténtico que tuvo Occidente, adquiere entre los amigos de un barrio de clase media baja un carácter mestizo, cholo, longo radicalmente combativo. El pogo, que es representado en el libro como bloques de un barroco violento, paratáctico, oscuro, marcado por una cercanía con el letrismo de Isidore Isou y los poetas concretos. Sin embargo, estas escenas son como flashbacks que son retrotraídos al presente a través un canto cuasi elegíaco, blusero, llevado de la mano del más místico de los beats norteamericanos: Gary Snyder. ¿Qué representan, por otro lado, los epígrafes de Bolaño y Oasis? De alguna manera, la evocación a la juventud y al éxtasis sicotrópico señalan un camino cercano a formas iluminativas o, al menos, intensas de apropiarse de la realidad. Sospecho que esos epígrafes sonarían como un manifiesto maudit si fueran dichas en tiempo presente, pero remitiéndose al pasado parecen eslabonar un recuerdo de la juventud perdida, un desbroce de la adolescencia como un rito de paso.

A lo largo del poemario, Guambo modula la voz en diferentes entonaciones (ora ginsbergiano, ora nostálgico y lírico, ora poeta concreto), pero siempre hilando el poema alrededor del núcleo emotivo de la nostalgia: “en las noches nos reuníamos igual que una triste camada de enfermos/ a atizar el fuego de nuestros corazones/ con canciones de otros vagabundos con talento/ (o punks alegres como les llamaba asdrúwal”. Enigmáticamente, la palabra “camada” aparece para reunir al grupo de amigos conformado por coyotes-humanos dispuestos a pogear-aullar su canto que, a la luz del paso del tiempo, ha devenido nostalgia: nostalgia de un grito alegre y desesperado al mismo tiempo. De hecho, los fragmentos de poesía concreta parecen desencajados, colapsados, como esténciles que revelan el movimiento caosmótico de quienes bailan pogo. (Y quizás como evidencias del paso del tiempo).

Hay que señalar que aunque el tono salmódico frecuentemente regula el ritmo del poemario (dándole los rasgos de un recitativo o de un texto religioso), las constantes intervenciones y recuentos emotivos y biográficos en versos de arte menor (aunque rotos, rockeros, sin intenciones melismáticas) crean una atmósfera muy particular. Así, el poema revela, en realidad, una experiencia sicológica verosímil: donde el tiempo y el espacio del poema atisban a revelar unas coordenadas geográficas, históricas, espirituales que parecen congruentes entre sí. La idea de ubicar este poema en un “minor landscape”, paisaje no sacralizado por la cultura occidental, sitúa ubica este barrio y sus atmósferas en una zona de disputa por el sentido artístico de ciertas comunidades emocionales pertenecientes a los estratos populares. Esto es particularmente interesante si consideramos que los artistas contemporáneos más visibles –más allá de su postura política, casi todos de clase media alta- han observado estos espacios sociales desde el paternalismo o el sensacionalismo: que los medios de comunicación suelen corroborar. En ese sentido, aquí también hay un vívido ejercicio político y poético de autofabulación

El libro jamás es aburrido porque sabe situar la experimentación en su momento  y medida justas, así como la confesión íntima: no nos enfrentamos a un texto ahogado en su propio periplo avant-garde, pero tampoco a un texto controlado por la pornografía emocional ni la simplificación anecdótica. Aquí Guambo se mueve en los intersticios, en una sugestiva atmósfera marcada por el recuerdo y por un estilo que se perfila íntegramente propio. Esa mirada ecléctica parece enmarcar este libro con el que Guambo parece alcanzar el hito más singular de su trayectoria poética.

 Juan José Rodinás