4 poemas de Maria Dayana Fraile

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III

En el jardín del bombillo roto, el jardín con palabras sin raíces, tenemos nubes inanes, clavadas en una brocheta de metal, algodones de frente desvanecida,

renacen en una lámpara de papel,
en una mampara para ocultar la rotura del bombillo en el jardín del bombillo roto, para ocultar las escaras del vidrio,
el corte en la mano sangrante.

No entiendo el charm de lo militar, no entiendo sus expresiones, herramientas, movilidad y accesorios. Solo sospecho un destino entreverado con planos referenciales que se solapan, plátanos congelados y cerveza negra,
como si los opuestos pudieran fundirse sobre un mantel de plástico
y, en medio de la noche, originar un resplandor gramatical.

Neutro roto.

Puedes contemplar tu nombre grabado en el lado oscuro de estos bombillos fluorescentes. Las luces de la razón disipan las tinieblas. Lo escribieron en el siglo XVIII mientras dormíamos. Enciclopedia de las luces. Marcas. Antiguo régimen de revelaciones, el panteísmo, la tierra mojada y los cassettes. ¿Recuerdas los cassettes? Esas cajas de plástico y las cintas girando, el acabado sintético de las voces y la grabación de una grabación. Esas canciones tangenciales afirmaban el lado más bucólico del suspenso. Suspenso de lo que está por venir,

suspenso de pendientes

y colgantes; de colgados; de ahorcados de tinta.

 

 

XII

Escucha, Maria:

Puedes entender la palabra dimensión cuando vas a la playa y excavas agujeros para la arbitraria penetración del sentido.

Puedes recortar el mar cuando extiendes tus manos, imitando un par de tijeras. Mesetas inmóviles compuestas de doctrinas físicas y palas de plástico naranja -para remover las hipótesis.

Experiencias perforadas por una percepción estéril del tiempo.

Puedo inventar una política de restos de carbón, como sacrificio ofrecería hogueras rasgadas por la corriente y tenazas de cangrejos. Puedo sacarme la ropa y correr hasta morir de tiempo. Puedo correr hasta que la policía del karma me queme.

Y después resultó que tantas distancias eran principios energéticos, eso era lo que planteaban los críticos.

Iluminismo de orilla.

Bifronte.
Doble.
Magenta.

Puedes entender la palabra plano si piensas en la figura de un cadáver exquisito. Completar el cuerpo con matices y metáforas. Materia muerta.

 

 

XVIII

Los discursos demasiado nostálgicos tienen que ver, a menudo, con mis recuerdos de la muerte,
palabras y cegueras temporales,
pensé que moría mientras llamaba a la cuadrilla del aseo urbano, recibí primeros auxilios y recobré el sentido en la cocina de mi suegra. Imperdonable esto de sabotear el domingo de visitas y, como consecuencia lógica, todos quisieron que muriera de una buena vez.
Todos mis recuerdos importantes fueron los de la muerte,
las palabras salían de fuentes secundarias.
Lirio de sillas talladas y mesas individuales. Espacios organizados. Recordaría ser una artista de la existencia en caso de gangrena o peste bubónica. Tendría la piel cuarteada por los metales oxidados, curtida como pepinillos secos, velero, lacera, médano de peces, pupilas neblinosas, láudano de bardos, trajes de baño ocultos como amuletos entre la arena.
Lo leíste en el diccionario: Florida:
atributo, adjetivo, sustantivo, también,
“que tiene flores”, “dicho de una cosa muy escogida”, “dicho del lenguaje o del estilo: amena y profusamente exornado de galas retóricas”.

Esa vez aprovechamos la espléndida ocasión para fundar un partido político de bodegones rosas,
una naturaleza muerta de papayas,
caña de azúcar,
un vapor con frutos terrosos y morenos, surcando, temperaturas marchitas,
reciclaje de temporadas. Nubes de silencios, expresivas exclamaciones, interrogantes matices, miradas secundarias, paisajes dubitativos.
Soles de exasperación.

Ciertamente, cuando pude, me puse a resguardo en una catedral gótica. Era desmesurado, siempre,
de Flandes, un espejismo de tramas antiguas.
Los conceptos tenían formas. Empaques rotos por mi falta de experticia, migas en el suelo,
intenté formular una forma, formular una forma, formular,
ninguno de nosotros sabía si debíamos participar en el proyecto modernista de la mantequilla.
Criaron un animal bellísimo, le dieron de comer solo cierto tipo de delicado fruto y luego prepararon un exquisito embutido. Pudieras convertirte en un analista de pastores de ensueño y eso requiere de otro tipo de sensibilidades.

 

 

XXII

Las cifras flotan

sin sentido del decoro. La servilleta de tela, doblada junto al plato, remite a ondas de muselina, días parcos y como forzados por la arritmia del tiempo, impresiones de sobremesa,

érase una vez la reina de las nieves, grabado de colores y programación del alma del mundo,

“Replicante” es un estereotipo que aún no logro describir en el informe semanal.

Nada de “querido diario”, pero mucho de recetario de cocina. Instrumental humano de parafina, quemado en muletillas y tropos delirantes.

¿Me curaré al final?

Como si nada,

como si hubiese sido lo dispuesto desde un principio luego de un leve paseo a través de la catástrofe financiera, natural o criminal. Siempre listos.

Todos queremos jugar a la secta satánica.

El conocimiento es lo nuevo, pero es lo básico y la plantilla, también, las palabras derramadas por accidente.

La ulterior medida del alma angélica,

la medida del infinito,

la del paso del trueque a la invención de la moneda.

El azar y el ojo de la sacrosanta divina providencia: sagrados papeles verdes sin fecha de caducidad. Primavera de papeles manchados, quemados, cercanos al cenicero. Lejos del syrup de sacarina. Aunque más cerca que los huevos y el desayuno de revueltos pancakes. Primavera de harina y alimentos preservados. La lluvia eran tan costosa. Valía la pena sujetarse al imperio o convertirte en colono. La oferta del espacio sublimado era florecer en alcahuetes.

Y ahora el dinero lo es todo, pero aún tu alma podría intercambiarse por algo de historia. Es el juego de los psicopompos porque todos queríamos formar parte de la historia, y esto es la historia, ya no solo los reyes y los directores de estudios cinematógraficos quisieran formar parte de la historia. Algunos suicidas sueñan, incluso, con aparecer en la crónica roja de los principales periódicos de la historia.

Todos son migrantes del jardín del edén. Materialidad exhaustiva y exorbitante. Muecas de flujos migratorios. Pequeños tordos negros. Rocas de camomila. Otra ristra de cenas acostumbrados al pan. Manchas en los guantes del jardinero contratado por orden del supremo monitoreo del espacio cuadrado. Monitoreo del espacio cuadrado. Con una mano en el corazón, la otra mano en el abdomen, llenamos los pulmones de aire. Bocado de realidad. Haría falta una fiesta entre comidas. Me ahogo en milhojas. Grito todas las vocales posibles.

Esta kore militar,

diafragmas de ceniza y piedra. Era una mujer secuestrada para escribir. Invernadero de ristras de pastillas. Una mujer secuestrada para escribir.

, era el país perfecto de los alegres desahuciados.

Esta mujer pasó al menos 8 meses sin tomar el sol.
Maquetas de músculos débiles
aunque sostenidos.
Para la mafia todos morían alegremente,
a veces llegaron hasta fingir la muerte de alguno de tanto no morir. La muerte de corredor o de pequeño jardín. Todos distribuidos en pequeños grupos alrededor de la puerta de la funeraria. Mafia de los vasitos plásticos sostenidos e inmarcesibles.
Sonata de celulares, un grupo, varios
o comité de repiques.

 

del libro Ahorcados de tinta (CAAW Ediciones, 2019)

 

 

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Maria Dayana Fraile (Puerto La Cruz, Venezuela – 1985). Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Obtuvo una maestría en “Hispanic Languages and Literatures” en University of Pittsburgh. Su primer libro de cuentos Granizo (2011) recibió el Primer Premio de la I Bienal de Literatura Julián Padrón. Su cuento “Evocación y elogio de Federico Alvarado Muñoz a tres años de su muerte” (2012), recibió el Primer Premio del concurso “Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores”. Su poemario Ahorcados de tinta (2019) fue publicado por CAAW.