Sobre «Lo que quería decir era otra cosa» de Michael Benítez Ortiz

 

Los niños buenos también roban

 

Michael come tierra, mira los Supercampeones, le roba monedas a su madre para comprar barriletes que para él son arcoíris masticables.

Michael es un niño de pelo largo y negro.

Es pobre como si fuera rico y tiene la casa más grande de todo el barrio: el pasto y la noche y ninguna casa.

Michael le da vueltas a un cucarrón y gracias a él todos le damos la vuelta al cucarrón y entendemos que eso es el amor.

La belleza del lenguaje de Michael está en la facilidad con que nombra al mundo, diría la sencillez con que nacen las cosas en el poema.

Todo está ahí, se ve, se huele, se palpa.

No es retórico. No es estático. Frígido. Muerto. No es difícil: y sin embargo nos da golpes certeros en el intestino.

No importa lo que digan, Borges tenía toda la razón: la poesía se debe sentir en la piel.

No es poesía intelectual, despersonalizada, antipoética, cerebral. Como dice María Paz: no es nadaísta ni postnadísta.

Es una poesía que respira al aire libre y tiene el color de las tardes en las canchas de banquitas del barrio.

Leer Lo que quería decir es otra cosa es caminar por el barrio con un amigo, tomar gaseosa, comer pan, jugar canicas, hacer veintiuna.

El libro de Michael es un amigo.

Es el niño, ese niño honesto que roba.

Su poesía no esconde nada. Muestra, dice, corre, huele la noche. Su poesía nos emociona: ahora que pareciera lo último que hace la poesía.

Es como si la escribiéramos todos o cada uno de nosotros, como dice William Ospina.

La poesía dice la verdad. Y con el libro de Michael se siente uno acompañado, menos solo.

Se aferra uno a sus palabras, a sus calles, a sus poemitas de mierda.

Michael dice eso: poemas de mierda: su máxima.

¡Pues a la mierda!, dice Michael. La poesía es esto: mi mamá, el gordo del colegio, los buses, Usme, Usme, Usme.

Ahí está contenida toda la belleza.

Soy más urbano que Mario Rivero, dice Michael. Pero su barrio, en donde creció y se dejó crecer el pelo, parece más un gran pueblo, tal vez por la cercanía de los que viven ahí, tal vez porque se siente uno acompañado, tal vez porque conoce uno a sus vecinos y se ríe con ellos.

Esos barrios que andan desapareciendo. Esos barrios de casas que están tumbando. Esos barrios de esquinas con pollerías. Esos barrios de cerveza los domingos.

Las tiendas, los colegios, las casas. Vive uno en Usme cuando lee a Michael.
Escribo esto porque su poesía dan ganas de escribir.

Porque todo poeta quisiera tener esa sencillez, esa honestidad, esa ignorancia de volver a ver desde el principio, desde el punto cero, como un recién parido.

“Cada vez soy más minimalista”, me dijo Michael el otro día mientras escuchábamos Los árboles, una de sus bandas favoritas. “No necesito casi nada”, repitió mientras tomaba cerveza.

Así es: la misma chaqueta, la misma gorra roja de Budwaiser que le regalaron, los mismos pisos.

No me importa leer a Michael desde lo que es Michael. Vida y obra están ahí: alimentándose, mordiéndose.

Ese minimalismo del que habla me hace pensar que el poeta no necesita realmente nada. Se desprende del mundo para verlo, se suelta, se abre. Como dice Camus: no juzga sino crea.

“Hola”, dice Michael cuando uno lo ve. “Hola, Nico”, me dice. No dice quiubo, no dice qué más, no dice todo bien, no dice perrito, ni perro. Dice “hola” como el niño. Ahí está la poesía. En ese saludo, en esa palabra.

Lo que quería decir era otra cosa, tal vez, no lo puede decir porque eso que se quería decir es la vida misma, y claro, sabemos que la poesía no es la vida misma, es algo más.

Michael es el niño indisciplinado, el casposo. Pero también es el niño bueno, el amigo, el que roba para compartir en el recreo.

Todos los hombres, todas las mujeres, a diferencia de lo que piensan unos, son buenos y malos. Eso nos dice Michael. El pobre y el rico nacieron sin merecerlo.

Escribir y leer es necesariamente volver a mirar.

Con Michael se vuelve a mirar.

Se quedan pegados al cuerpo los poemas de Michael. Son el chicle que mastica la niña del curso que nos gusta.

Y no digo esto porque Michael sea mi amigo, y lo digo porque precisamente es mi amigo.

Soy un ñero, dice Michael. Pues sí, se necesitan más ñeros en la poesía.

La poesía no le debe nada a nadie.

por Nicolás Peña Posada

 

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EL POETA ES QUIEN MÁS VECES MUERE

 

I

Las palabras nunca me parecieron gastadas, manoseadas por el disco rayado de la vida. Nunca caí en sus trampas, porque no había tales. Ahora huyo de ellas cada vez que las siento cerca, tropezando a cada paso.

Cuando uno es niño y vive en la calle, piensa que tiene la casa más grande de todos sus amigos.

 

II

Un dos tres… Cuando jugábamos a las escondidas, siempre hice trampa: para que no me encontraran me ocultaba detrás de la poesía.

 

III

Era un jardín naranja donde papá me llevaba vestido de rayas rojas y blancas. Yo me mareaba en un bus que esquivaba la muerte entre las estrías del asfalto. Aún existía el arcoíris, lo miraba desde aquel viejo bus. Los días iban del chocolate con pan al dos más dos y los colores primarios que olvidé, aunque son los mismos de la bandera con que se ahorcan mis vecinos.

 

IV

De los idiomas humanos conocí algo, muy poco, con mis hermanos. El sol escupía arena, una y otra vez, sobre la antena del televisor en el techo de lata. Las caricaturas diciendo saudade saudade saudade con el acento de Pessoa o Ronaldinho. Lo mismo da.

 

V

Mis amigos salían de la tierra a jugar conmigo. Yo salía del centro de mí mismo. Los despertaban las lluvias de abril.

Amar es darle vuelta a un cucarrón que mira el cielo.

 

VI

Beto era el único niño del barrio que tenía barba; en ocasiones le lanzaba piedras a los adultos, que le gritaban cosas. Beto siempre tenía un palito en la mano y, ciertamente, era más alto que cualquiera de nosotros. Beto pedía comida en los restaurantes y luego la repartía con sus amigos. Beto observaba las nubes con memoria de pájaro.

Beto era el loco del barrio.

 

VII

Nací pobre como se nace rico: sin merecerlo. En casa se iba la luz con frecuencia; aprendí que la noche también hay que encenderla. No usaba shampoo pero el Jabón Rey hizo brillante y fuerte mi cabello.

De todo eso no me quejo, pero solo pregunto una cosa, Dios mío: ¿Por qué, además de pobre, me mandaste al mundo poeta? ¿Por qué tanta maldición al mismo tiempo?

 

VIII

Escribí tu nombre junto al mío en el sucio carro de tu papá, entre la arena del parque, en la pared de la panadería frente a tu casa, sobre un pupitre, en el vidrio sudoroso de la ruta del colegio y en la cometa más grande que jamás hubo en el barrio; hasta lo tatué en mi mano izquierda con tinta china y una aguja de coser de mamá.

Aun así nunca lo viste.

 

IX

Llevar el cielo en los bolsillos y comprar con él todos los pájaros enjaulados de la plaza de mercado. Ese era mi sueño. Las cosas tienen más valor cuando uno las roba. Así, abría uchuvas con mayor placer que quien destapa un chocolate.

 

X

Papá me permitía encender sus cigarrillos mientras revisaba el periódico en la panadería. Los rayos de sol eran jugo de naranja bailando en el aire. Me dictaba algunos números que anotaba en servilletas. Yo salía primero. Pagaba y miraba mi rostro sonriéndole a su espejo.

La mañana ardía.

 

XI

Sonaban llaves en los bolsillos de las sombras a mi lado. La noche aumentaba su radio. Se subían a mi cama. Gritaba.

Solo mamá podía sacarlas de mi cuarto, con la escoba de su amor.

 

XII

Para escribir buenos poemas es necesario durar, por lo menos, ocho días sin bañarse. Debes haber sido campeón en algún momento practicando algún deporte; ser el mejor en cualquier cosa: todas son igual de insignificantes. No es importante haberse enamorado, pero ser un poco ingenuo no está de más. Si nunca robaste monedas haciendo mandados a tus padres, no tienes agallas para la poesía.

El poema es la piedra en mi cauchera.

 

del libro Lo que quería decir era otra cosa

 

 

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Michael Benítez Ortiz (Bogotá, 1991) ha publicado Bogotrash (Cuentos, Argentina, 2014), Lo que quería decir era otra cosa (Poesía, Colombia, 2019); las plaquettes El nadaísmo me lo mama en reversa (Ensayo, Colombia, 2017) y la trilogía Papeles para leer… (Poesía, Colombia, 2014, 2016 y 2018). Compiló y editó el libro Cumpleaños del Tiempo de la poeta María de las Estrellas. Textos suyos aparecen en antologías de poesía y narrativa en Colombia, América Latina y España, así como en revistas y sitios web especializados en literatura.

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Nicolás Peña Posada (Bogotá, 1991). Estudió literatura y artes plásticas en la universidad de los Andes. Cursó el diplomado en escrituras creativas en el instituto Caro y Cuervo. Actualmente, realiza la maestría en creación literaria en la universidad Central. Co-director del proyecto cultural Águilas y moscas. Sus poemas y cuentos aparecen en revistas virtuales y físicas (La Raíz invertida, Otro páramo, Sombra larga, Otra luz, El Espectador: magazín cultural, La Otra, Suma Cultural). Ha publicado el libro de poesía como tesis en literatura titulado Ciudad de perros y palomas (2015) y Mi madre es la única que lee mis poemas (2018).