La tierra era un planeta helado | acerca de Poemas tristes para chicos tristes y chicas sinceras, de Roberto Valdivia

 

La poesía de Roberto Valdivia (Lima, 1995) ha venido buscando su lugar en el marco de las nuevas tendencias estéticas que transita hoy la escena latinoamericana. Entre polémicas, algunas que conozco y otras que no, canales de difusión como la revista Sub 25 y algunos videos en YouTube (el último con 1.381 visitas hasta el momento[1]) ha provocado reacciones de todo tipo pero que no siempre se ciñen a su producción estrictamente. Mi lectura de estos Poemas tristes es únicamente una lectura del texto y un diálogo con sus sujetos. Desde ese lugar, he dado con una propuesta cuidadosamente trabajada en pos de conceptos que me interesan muchísimo: la espontaneidad, la tensión hacia los bordes de la forma, una textura que fusiona elementos de garage rock con personajes de Salinger y un trazo del proceso en el propio tapiz final del libro. Veamos algo de ello.

B 612 es el primer título. El poema como un asteroide que ofrece un evento fugaz, que no explica su trayecto sino que existe bajo fuerzas que no controla. No sabe que es un poema, no sabe que es un asteroide. El texto sigue la órbita que puede. Hay algo de profundidad espontánea en eso que nos hace creer en los tres deseos ante la estela final. ¿Debe la poesía ser conciente de sus procedimientos? Y en tal caso, ¿implica ello que el artificio funcione como justificación de lo medido, meditado, medicado?

“¿tu acento es de este país o bebiste un jarabe antes de venir?
es una pésima línea lo siento pero lo intentaré de nuevo
últimamente no he leído mucha poesía”

Todos los yoes que Roberto Valdivia despliega en este libro encuentran en el error, en el fracaso, una condición salvífica. Logran así escapar del perfeccionismo patético de la poesía grave, del ridículo tartamudeo de una supuesta exigencia. ¿Qué lectura puede adjudicarse un sentido superior? ¿No es la mejor poesía todo lo contrario, un atentado contra el goce-de-saber?

“no hay necesidad de decir que voy a seguirte toda esta noche
por la escalera a oscuras por el graffiti en la pared
por el baño cerrándose como un ojo y por dios no voy a preguntarte “¿por qué?”
seamos ciudadanos normales y bailemos y sudemos”

El ciudadano normal es el discurso opuesto al de Valdivia. Es decir, el sujeto de una película americana que concibe el amor como chicx + una fiesta + padres ausentes + primeras cervezas y cigarrillos puede ser el ciudadano normal pero sin dejar de ser en primera instancia (hablo de instancias textuales) un objeto de disección crítica. La depresión –tema que el mismo autor ha señalado como central- podría entenderse como la distancia entre ser y no ser ese sujeto. El ser y el no ser de la normalidad. Seguir la escena, la norma, o volverse un glitch de esa religiosidad hollywoodense que nos alimentó desde niñxs. Y esto último es lo que sucede en este libro.

“¿tienes algo en contra de los poetas que escriben sin pensar?
¿tienes algo en contra de las reseñas que les regalo a mis amigos?
¡¿tienes algo en contra de david foster wallace?!
¡¿tienes algo en contra de los gatos de facebook?!,
puse mis dientes sobre una banca y grité
como si besara furiosamente una boca”

El amor, sampleado en el libro sobre diversas bases conceptuales como por ejemplo lo sentimentalito, es la pura liberación. ¿Qué es eso de escribir sin pensar? Para eludir indagaciones estúpidas, pues ya se comprende que sí hay pensamiento y mucho en esta postura creativa, giremos la pregunta: ¿Dejar de lado la contra-dicción en pos de una formalidad aceptable hablaría de una ética que subyuga y/u homologa sus conceptos a los del arte? Por ejemplo, ser un-buen-ciudadano significaría “escribir reflexivamente sobre los problema comunes y políticos”, o ser un-buen-patriota significaría “escribir sin apoyar los codos sobre la tradición”, y no suicidarse en cámara, no escupir por la ventanilla, no mear en los callejones del canon nacional. Muchas veces se le pide a la poesía que se rebele pero que lo haga sin contradecir. Mejor sigamos el viaje nocturno por el centro cívico.

“le dije a luis martín
que me dejara en centro cívico
él iba tarareando una vieja canción”

Los nombres son como fotografías-asteroides que hablan de una nostalgia anticipada: “el tiempo en una fotografía sería el mejor regalo / que nadie puede darnos”. Las bases de estas construcciones están puestas sobre lo efímero; la cotidianeidad del mundo se vuelve obscena pero enquistada así en toda posibilidad de escritura. Las sensaciones comandan esta roca a ninguna parte. Si, como dice en otro de los poemas, la tierra (sic) es –en un sueño- un planeta helado donde cada cuarenta años se celebra un único día de sol (“todo el verano- en un solo día”), ¿dónde radicaría la fe del despertar? ¿Qué puede valer una actitud menos triste? Y aquí es donde el concepto de tristeza, eje de la obra, empieza a espesarse. Dice en otro texto: “durante mucho tiempo pensé que había una respuesta / en los héroes que amé durante mi infancia”. Amar a los héroes, ¿cuál hubiera sido el precio de esa respuesta? Está claro cuál. Borges decía que la épica –en el siglo pasado- había sido salvada por el cine western. Pero Valdivia sabe que reproducir esa nostalgia como amuleto no conduce sino a cambiar figuras de lugar para mantener un estado de lo poético que ya no tiene el poder de imponerse por mero linaje de castas. El héroe es, ahora, un astronauta encerrado en su propio traje espacial, oscuro y hermético como la inmensidad del sueño.

Llegando al final del libro, en la balada de los críticos, leemos: “jamás pensé que vivía / entre tantos policías”. Y luego la voz de Holden Caufield, protagonista de El guardián entre el centeno de Salinger. Las referencias a la juventud son constantes y me gustaría pensarlas como algo más que el eco de una experiencia. La escritura de este libro huye hacia alguna parte desconocida pero opuesta a los preceptos de la institución Literatura; la velocidad de sus pasos-pensamiento no puede más que montarse en la espontaneidad de un aparecer sin demasiadas explicaciones. No es una postura adolescente frente a la vida (o no es solo eso), es un arte poética que niega su inscripción en el funcionamiento del más profundo dogma del sistema: el buen leer[2]. ¿En algún momento de esta reseña hablábamos de amor, no? Por aquí alguna pista para ser atrapados por un arte un poco más cercano a los paraísos que perdimos mientras discutíamos tonterías:

“en esta noche la poesía es el cielo lila
el cielo lila son las pantallas de internet y las pantallas
soy yo,
así deja al amor acariciar tranquilo
con su precisa lengua
tu sumisa cabeza de principiante”

 

por Diego L. García

 

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[1] https://www.youtube.com/watch?v=ziXfJapS5Jc
[2] Con todas sus implicancias, el buen leer de las normas y leyes, el leer el canon, el leer según el manual escolar, el dejarse ser leído por las instituciones literarias, el leer lo bueno-bello-divino, y así el escribir para sostener esas líneas que fundan la buena lectura de Occidente. De lo contrario, habrá policías para encargarse del asunto.