POéBRICA: hacia una voz ‘empincelada’ | Jorge Coco Serrano

 

POéBRICA: hacia una voz ‘empincelada’  

Con una exquisita y cuidada edición a cargo del sello Kokoro, acaba de ver la luz POéBRICA, el nuevo libro del poeta y artista plástico peruano afincado en Madrid, Jorge Coco Serrano. Mediante una propuesta escritural arraigada en la tradición de la poesía visual, el libro se nos presenta como una gimnasia de signos en donde el lenguaje se arquea rompiendo sus moldes para mostrarnos un repertorio de anatomías que seducen tanto por su verbo emulsionado como por su estética en constante desplazamiento.

Aunada a esta elasticidad en donde la voz “pinta el silencio con su lengua”, la obra ofrece algunas fotografías intercaladas hechas por el propio autor y que sirven de antesala a cada sección pausando la respiración de la lectura. Su carácter espectral y de barrido comulga con la idea del desdoblamiento de la conciencia y del acto creador que también se aprecia en los poemas. Así, texto e imagen conviven parpadeando en mutua disolvencia.

Las cuatro secciones que componen POéBRICA (nimbos claroneblón, naturaleza incierta, nimbar y nadie) tienen en común un rasgo tipográfico: todas ellas comienzan por la letra “n”. No es casual que así sea, la conciencia poética que las habita está en un territorio que no dibuja una línea sólida sino un tacto evanescente: nimbo, nimbar, nadie, naturaleza. Esencias que se debaten o se insinúan próximas a la desaparición, a un lienzo que las cuestiona y las examina.

Si Roland Barthes concebía el arte como un “simulacro de la realidad”, en esta obra, más que a un simulacro, a lo que nos enfrentamos es a un “éxodo de la realidad” en el que la materia se constriñe y expulsa su raíz en espera de un nuevo metabolismo. Signos siameses, ortografía trastocada, gramática imantada, intercambio de posiciones, la voz de Coco Serrano hace del poema una pintura sonora.

En nimbos claroneblón asistimos a una atmósfera que bebe del arte paleolítico para explorar la naturaleza del fuego como fuente lumínica de lo rupestre. Los versos se mueven, crecen y decrecen emulando una llama de tinta por donde se asoman tintes prehistóricos. Al internarnos en esta caverna somos testigos de una “pólvora dealmeja” de la que brotan bisontes, ollitas de barro, “tinta de leña”, un cazador, un neandertal; en fin, una pluralidad de capas y texturas que parecen surgir de las técnicas pictóricas del tachismo y del expresionismo abstracto.

Por su parte, en naturaleza incierta hay un giro de escenario hacia lo doméstico expresado en un repertorio de bodegones. La caverna inicial se convierte en el estudio de un pintor moderno. Aquí una vez más sale a relucir la fotografía y la pintura como cuerpos detenidos que deletrean sus escenas. El carácter frutal y cárnico propio de los bodegones desprenden imágenes olfativas, sonoras y conceptuales: “tres ocres tristes ocas”, “sobre el hacha del pincel/ lasombras caminan por sus bestias”, “aún de memoria/ suenan plumas en el leño”, “un pato colorido vivaz se balancea”. La aparente inmovilidad de los elementos (pan, uvas, manzanas, ciervos, aves, cebollas, peces…) contrasta de nuevo con ese vaho que el poeta imprime al lenguaje para estirarlo y hacerlo flotar.

En nimbar es la propia palabra la que se somete al examen reflexivo de su autor.  La caverna y el estudio se transforman ahora en una diminuta cueva donde ululan los fantasmas de la creación. Poesía y acto creativo se convierten así en la propia materia del texto, o –como dijera Haroldo de Campos al referirse al concepto de lo metapoético­– en el poema que se hace de sí mismo. En ese proceso habita una conciencia más que reveladora: “no hay azar en oración”, “arrancar el guijarro del fhondo del pozo/ para encender la hoguera”, “vertido miss ríos soy sus charcos”, “una roca/ seabate/ herida/ por su nombre”. Nuevamente la distribución tipográfica de los versos hace la vez de un sfumato dibujando estelas deletreadas.

En la última sección, nadie, lo metapoético se ensancha también a lo pictórico y lo existencial. La atmósfera se tiñe de imágenes contemplativas: “en los libros del espejo todos somos puertas ::”, “nieve en el celaje/ ante los ojos del pez”. Hay una tensión de fuerzas complementarias que expresan el carácter dual del universo: luz y sombra, la creación y la nada, el vacío y la plenitud, el ascenso y la caída. La presencia de lo sagrado también ocupa un lugar central a través de diversas reminiscencias del dios cristiano y los misterios que anteceden su palabra: “dioS empieza en la boca”, “dioS nhada sobre su creación”.

Mediante un meditado ejercicio sobre las posibilidades del decir de la palabra, en esta obra Coco Serrano ofrece una génesis en donde la voz se articula como si nombrara por primera vez el mundo. Su carácter de lectura plural hace que cada letra invente el espacio y lo inyecte de alquimia. En cada página habita una «voz empincelada» que dibuja formas inapresables en las que de pronto surge “un ñiño que al rascarse los ojos multiplica lo que ve”.

por Óscar Pirot