4 poemas de Greta Montero

 

INFORME SOBRE LAS VENTAJAS
DE EVITAR CAER EN UNA POSTA
DE URGENCIAS SEGÚN JACOB NUFFER
DE SIGERSHAUSEN

Un corte transversal
desambiguación y pliegue
la causa frecuente
y desazón de las parturientas
en la calle Delfos

Sólo el fórceps y la luz blanca
de los reflectores
pueden igualar la recepción
el atrevimiento
de una animita por un costado
de la Villa Grecia

Inter faeses et urinas nacimur
la antigua vía ya probada
a orillas de los llanos de Maipú

Una section caesarienne
puede ser la mejor solución
para una hembra de estrecho
canal en la calle Lumen

Sin siquiera darte cuenta
podrías terminar pariendo
en la calle Ferrocarril
con Esquina Blanca
en el límite comunal
entre Maipú y Cerrillos

Mal que mal no somos
diosas ni anhelamos
un parto inmaculado

 

CRECIMIENTO

No hay razones para creer
que la del otro cuarto
se haya tragado a su bebé

Aquel pensamiento
parece más bien
telekinesis
o una prueba de ingenio
sacada de una revista
de mujeres

El huevo o la gallina
puedo leer
el punto G o el jarabe
para la tos

Quién sabe si mañana
alguien
quién sabe quién
te soplará
al oído alguna mala
palabra

Cuando se haga la luz
podrás seguir acá
sentada
escuchando
ladrar a los perros

Aquella beba
o la mujer años después
habrán decidido
desmaquillarse
con sus toallitas
húmedas
con esencia de frutas

No me puede resultar
extraño entonces
apenas advertir
mientras me duermo
cómo han crecido
mis pezones
y se me empieza
a alargar la piel

 

del libro Dummies, 2013

 

 

ANNE Y ELIZABETH

Se recostó
con la cara al sol
en la arena salada del Puerto
de Coronel
recordando
la mano de su hermana
sobre la piel blanda
del rostro.

El olor a pescado
y el rastro
de carboncillo
dejó un hilo
de espuma a sus pies.

– ¿Te acuerdas, Elizabeth, que cuando
éramos más pequeñas íbamos a Playa Blanca?

-Sí, Anne. Te comías
los chanchitos de mar
recogiéndolos
de la arena mojada.

Te los metías a la boca
y los aplastabas
mostrándome
cómo movían las patas.

Escuchaba el crujido de sus débiles corazas
entre tus dientes.

-Solíamos tener hambre
en aquel tiempo, Elizabeth-dijo Anne,
sonriéndole a su hermana
con maldad.

-Todavía tenemos hambre, hermana.

Siempre tenemos hambre,
solo que a ti te gustaba
la cara de asco que yo ponía
cuando los hacías
estallar
dentro de tu boca.

-Qué memoria tienes, hermana,
es una lástima
que ya no haya chanchitos de tierra
para masticar
y no es que yo
me los comiera todos, ¿sabes?

-Ahora solo quedan sus cadáveres
al borde de la playa-dijo Elizabeth
con una melancolía fingida.

-Sus corazas vacías,
querrás decir- respondió Anne.

-Es lo mismo, Elizabeth.
No podemos distinguir unos de otros.

Es lo mismo para nosotras.

Elizabeth apoyó la cabeza
sobre el vientre
palpitante de su hermana.

– ¿Crees que seguiré el curso
de los cometas
cuando me vaya al cielo?
¿Crees, Anne,
que te veré desde ahí?

Posiblemente podré saber
todo lo que haces
y me sentirás cuando pase cerca de ti
en alguna brisa- dijo Elizabeth
con un tono triste,
pero sin revelar
una pizca de miedo.

-Claro que no, Anne,
sabes que no creo en el cielo,
lo único cierto es
que cuando morimos
nos disipamos
en el aire.

Eso es todo, Anne, lo cual es ya bastante.

Descansar del cuerpo es siempre
la mayor recompensa
cuando estamos muertos.

El sol se escondió con el paso de las horas.

Aquella noche Elizabeth no estuvo
en los cometas ni en la brisa
marina con su perfume
nauseabundo
de pescado podrido.

La tierra se regurgitaba así misma
en la espesura de la niebla
y el humo de las chimeneas
de Coronel.

(inédito)

 

 

LA ESPERA DEL LOBO

Por la noche logré mirarme
al espejo sin titubear,
todavía no sabía mi nombre
pero casi podía susurrarlo.

Soñé que mi mujer me miraba
desde el otro lado con su cara alargada
y su rictus de gata envilecida

Sus ojos eran pozos de agua
y el agua se movía con corrientes
subterráneas oscuras e insondables.

Yo quería que ella me encontrara,
pero no sabía decirle
dónde ni cuándo ni cómo.

Toqué el espejo con los dedos minúsculos
y me vi como un bebé encogido
a punto de hacer estallar
el vientre de su madre.

Estoy aquí, Berta, le dije,
pero mi voz era un graznido
que solo pudo darle escalofríos.

Mi amada es un racimo maduro.

Mi amada va a esperarme
en las mazmorras,
mi amada va a esperarme
en lo alto del cobertizo.

Mi amada es un cervatillo del bosque.

Ella no sabe que tarde o temprano
mi voz la hará saltar al vacío.

Saltarás, Berta, con tus alas
de pelo enmarañado
y aterrizarás en mi boca,
mi boca sin labios
mi boca húmeda de amor

y te arrullaré, querida,
como un novillo blanco
en la espesura de la noche.

 

(inédito)

 

 

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Greta Montero (Coronel, Chile, 1986) es Licenciada en Educación y profesora de Español por la Universidad de Concepción, magíster en literatura chilena e hispanoamericana por la Universidad de Santiago y Doctora © en Literatura por la Universidad de Chile. Dirigió las revistas electrónicas de literatura Litterae de la UDEC y la Gaceta de Estudios Latinoamericanos en la USACH. Ha publicado sus textos en distintas revistas de difusión nacional e internacional, así como en Antologías fuera y dentro de Chile. En 2013 publicó el libro de poesía Dummies, en las Ed. Inubicalistas de Valparaíso, y en 2016 Balada del Señor Cuervo, por Ediciones Overol.