Salvajemente constante | Anne Carson

 

SALVAJEMENTE CONSTANTE

El cielo antes del amanecer es de un negro verdoso.
Quizá se trate de una señal.
Debería aprender más sobre señales.

Cuando doblo hacia la bahía
el viento me
golpea la cara.

Siempre salgo a caminar por las mañanas.
Ya no sé por qué.
La vida es corta.

Mi sombra avanza frente a mí
Con su capucha puesta
parece una sirena de niebla.

Hielo sobre el camino.
Hielo sobre la banqueta.
No hay donde pararse.

Lo mejor es pararse
donde haya piedritas negras.
Ahí no es tan resbaloso.

Imagino que las piedritas negras
pudieron haber sido lava.
¿O las estoy exotizando?

Un hombre pasa corriendo
acompañado de un perrito.
Nadie dice hola.

Una estudiante vestida de rosa pasa caminando
me mira a la cara.
Nadie dice hola.

Nadie espera
ver a una sirena de niebla pasear
tan temprano por la mañana.

El aire empuja con más fuerza.
Resisto.
Casi llego a casa.

Ya amaneció.
Un párpado de oro se abre
por encima de la bahía.

La gente de aquí
aprendió a no quejarse
del viento.

Entro. Hago té.
Como branflakes.
Leo tres páginas de Proust.

Proust se queja
(es 1914)
del modo en que los periodistas utilizan el verbo savoir.

Dice que lo
usan no como una señal del futuro
sino como una señal de sus deseos—

lo que quieren que el futuro sea.
¿Qué tiene de malo? Pienso.
Debería aprender más sobre señales.

La primera cosa que vi
la primera mañana que salí a caminar en Stykkishólmur
fue un cuervo.

Un cuervo tan grande como una silla.
¿Qué está haciendo esa silla en el techo de esa casa? Pensé
y luego se fue aleteando.

A un cuervo así de grande se le llama raven.
Corvus corax en el sistema binomial de Lineo.
Cada uno suena

como si una ciudad del país
de donde vengo estuviera llena de cuervos.
Tres adjetivos frecuentes

en la literatura sobre cuervos son
omnívoros.
Perniciosos.

Monógamos.
Me interesa monógamos.
Me casé el mayo anterior

y mi luna de miel fue en Stykkishólmur.
Este año volví a Stykkishólmur
a vivir con mi marido

en un pequeño cuarto durante tres meses.
Esta monogamia extrema
demostró ser casi demasiado para nosotros.

En vez de matarnos el uno al otro
rentamos un segundo lugar
(la casa de Greta)

cerca del estanque.
Ahora somos felizmente
duógamos.

Hay cuervos en el techo
de ambas casas.
Quizá sean los mismos cuervos.

No lo sé.
Si Roni Horn estuviera aquí
diría que los cuervos

son como el agua,
son salvajemente constantes.
Son un símbolo de Islandia.

Debería aprender más sobre símbolos.
Vine a Stykkishólmur
a vivir en una biblioteca.

La biblioteca no tiene libros
sino glaciares.
Los glaciares están de pie.

En silencio.
Perfectamente ordenados como si fueran libros.
Pero se derritieron.

¿Cómo sería
vivir en una biblioteca
de libros derretidos?

Con oraciones fluyendo sobre el piso
y toda la puntuación
asentada en el fondo como residuo.

Seria confuso.
Inolvidable.
Una aventura.

Roni Horn me contó una vez
que uno de los exploradores del Ártico dijo
Estar en una aventura

es señal de incompetencia.
Cuando me siento
de lo más incompetente

tal y como me siento
caminando en el viento esas tantas y oscuras mañanas
en Stykkishólmur

trato de pensar en
algo que sea opuesto a la incompetencia.
Por ejemplo un huevo.

Esa pequeña forma.
Contenido perfecto.
Alimento perfecto.

En tus sueños
dijo una nueva exploradora del Ártico (Anna Freud)
tus huevos pueden estar cocinados tan perfectos como te gustan

pero no puedes comerlos.
A veces en las noches
cuando no puedo dormir

por culpa del viento
voy y me paro
en la biblioteca de glaciares.

Estoy en otro mundo.
Ni el pasado ni el futuro.
Ni el paraíso ni la realidad ni

un sueño.
Una otra habilidad.
Salvaje y constante.

Y quién sabe del porqué existe.
Estoy de pie entre glaciares.
Escucho el viento afuera

precipitándose hacia mí desde los márgenes exteriores de la noche y el espacio.
No poseo una teoría
del porqué estamos aquí

o quién de nosotros es una señal de qué.
Pero una habitación de glaciares derretidos
reverberando con el viento nocturno de Stykkishólmur

es un buen lugar para meditar el asunto.
Cada glaciar es una luz subterránea
igual a la memoria.

Proust decía que hay dos tipos de memoria.
Está la lucha diaria por recordar
dónde hemos dejado los lentes para leer

y está la más profunda ráfaga de anhelo
que involuntariamente
sale del fondo

del corazón.
En ocasiones repentinas.
Por razones sorpresivas.

Aquí un extracto de una carta que Proust escribió
en 1915:
Creemos no amar nuestra muerte

pero eso es porque no la recordamos;
repentinamente
atisbamos un viejo guante

y estallamos en lágrimas.
Antes de salir de la biblioteca
apago as luces.

Los glaciares se oscurecen.
Vuelvo a casa de Greta.
Despierto a mi marido.

Le pido que nos prepare unos huevos.

 

traducción de Andrés Paniagua

 

 

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Anne Carson (Canadá, 1950). Es poeta y ensayista. Entre sus libros más importantes se halla Autobiography of Red (1998), Decreation (2005) y NOX (2010). También es importante su estudio Economy of the Unlost: Reading Simonides of Ceos with Paul Celan (1999). Ha traducido a los trágicos griegos y a Safo. Su obra se ha hecho merecedora del Lannan Literary Award, el T.S. Eliot Prize y el Pen Award for Poetry in Translation, entre otros.

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Andrés Paniagua. (CDMX, 1992). Es autor de Usted está aquí (Ed. Mantarraya, Mx, 2016) y Sin nada detrás (Periferia de escribidores, MX, 2019). Ha sido publicado en distintas revistas y sitios web. Forma parte del Lhabloratorio Colectivo. Fue becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA en el periodo 2017-2018.