4 pøemas de Claudio Troisemme

 

SIN TÍTULO

No es lo mismo imaginar flores de muerte
y hacer un poema que las retrate bellamente
-decorando con objetos antiguos sus geometrías-,
que verlas alrededor de la inmovilidad del cuerpo
sobre el agua de la manguera que no cesa,
bañando los contornos, los brazos y piernas:
haciendo del suelo un espejo
por donde se filtran cada uno de los sonidos del segundero
como un cuchillo que ha roto el futuro.
Esas flores del jardín,
ahora son cuna de animalitos exóticos que sólo dan señales de vida
cuando alguien se esfuma
–¡qué ironía!–
y uno se pregunta qué extraño es eso,
cómo puede ser posible que pasen estas cosas,
pero pasan sutilmente
-a todos nos pasa-
y de pronto, no tienes ganas de ver más allá
del rectángulo que forma la arquitectura
cuando se juntan los muros y las columnas.
Apenas viste un pedazo de su cuerpo
y tienes miedo de la totalidad:
esa imagen es un recordatorio
de que este es el único instante que existe en nosotros,
este segundo que pasa y al momento,
un rostro deja de ser rostro,
ha quedado eternizado en el pasado:
un aleteo terrible que nos sorprende
y no sabemos qué voló
y ya ni importa.

 

 

ABRIERON DELICIA CAMPESTRE

Oscar, ¿será verdad que si miramos directo
a los ojos del Dragón nos iluminamos?
¿Que si le vemos sin pestañear,
entramos en una dimensión
donde el nácar se derrama en las paredes
y llueven bolitas de cerdo agridulce?
Cada vez que me encamino al barrio chino
me siento más espiritual,
me siento como si hubiese sido elegido
misteriosamente
para pertenecer a “La Secta de las Hojas de Batata”,
y que el único requisito para entrar
es haber pasado por un cajero
para llevar el dinero en efectivo,
no vaya a ser que el cocinero nos de un izquierdazo
igual que con la camarera.

Abrieron Delicia Campestre
y desde entonces
hemos vuelto a ser felices.
Jaime se ha vuelto una estatua.
Miguel está atento a que José encamine el té
y traiga las lonjas de salvación,
ejércitos de largas municiones de carne
que harán de nuestro cuerpo un festín.
Frank no aparece porque tiene la certeza
de que la comida sabe mejor al medio día.
Yo me mantengo siempre firme,
con mi espíritu de tibetano falsificado
que hace mandalas en el aire con los dedos
para llamar a la camarera,
señales del humo de mis oraciones.

Delicia, te intentaron joder, pero no, no hay plagas que puedan contigo.
No hay plagas que puedan con el imperio, con el gran imperio chino.
Que se jodan los de Pro-Consumidor.

Abrieron Delicia Campestre y desde entonces
hemos vuelto a ser felices.
Hemos vuelto a soñar
con toneladas de salsa de soya llenando la ciudad,
ahogando a cobradores y choferes,
ensuciando las camisas bien planchadas de los senadores.
Repito, hemos vuelto a ser felices,
a sonreír expresamente,
así como con malicia,
porque nuestros niños interiores
son diablillos que en su vida pasada hablaban mandarín

 

 

QUISIERA DECIRTE QUE EN SAN CARLOS

Quisiera decirte que en San Carlos
las palomas cantan.
Pero lo cierto es que si cierras los ojos
tratando de escucharlas
y te concentras mucho,
mucho mucho,
escuchas el susurro:
“buen mamaguebo”,
“Anaguaika”,
“rapatumai”.
Entonces abres los ojos
porque tienes muy claro
que en San Carlos ni siquiera hay ángeles negros
y que cuando crees que el Whitman interior
sacará alguna frase decente,
te devuelves de pronto a la silla de plástico
y una línea de cables eléctricos
hace un collage sobre la camioneta que vende plátanos
y las palomas que intentaste escuchar
se han esfumado como tú,
que cada vez más eres como el reloj de Dalí.

 

 

3 Ó 4

Hay algo de místico cuando enciendo el abanico
en 3 o en 4…
y el aire se levanta de su reposo,
malhumorado,
como todo un funcionario
al que le han despertado
para aprobar alguna ley
y se mueven bolas de pelos regados en el cuarto
-exactamente igual
que en las películas del viejo oeste-,
hacen piruetas que no terminan de elevarse
y por segundos pienso,
en que ya es hora de que me ponga
a eso de limpiar un poco.
Al otro día me pasa que pienso que
hay algo de místico cuando enciendo el abanico
en 3 o en 4…

 

 

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Claudio Troisemme (Santo Domingo, República Dominicana, 1988). Desde pequeño comienza a manifestar su agrado a las artes, inclinándose al dibujo y la escritura como medios primarios de expresión. Trabaja como comunicador visual, siendo su enfoque la ilustración. Actualmente es el coordinador y director general del proyecto multidisciplinario Moñohecho®.