Notas sobre «El Impala rojo» de Antonio León

 

Notas sobre El Impala rojo de Antonio León
(o del exquisito ojo de un payaso al que le falló el prozac)

En un road-trip por una costa que no llega a nada, lo mismo da bufar que rezar el rosario. Y Jesús cura las hostias sangrantes en jugo de limón. El catecismo de hoy es que “ya sabemos que Cristo/sólo prepara ceviche de cordero”.

El Impala Rojo se puede leer como un tríptico turístico en histeria psicodélica, un fanfiction sobre la tensión sexual fallida entre Leigh Bowery y Lucian Freud, o una edición del Sensacional de traileros donde el pícaro, sin quererlo ni anunciarlo, voltea súbitamente al lector y le escupe albures hasta ahogarse en lágrimas. Antonio León escribe una geografía de lo que a nadie importa, se burla de lo que duele, y se niega, con militancia, a dictar homilía. El chiste es su poética, y su poética es la del fracaso.

Ensenada extiende el abulón al cielo cual agnus dei, el grito místico y erótico de un puerto que reconoce su insignificancia, la introducción a un stand-up que hace de cada punchline una herida para arder en la sal del mar. Entonces nos podemos reír de la “esperanza y aleluya/pero también hecatombe del abulón/ a lomo de contenedor      en la bahía/y punto de ebullición/en el sector primario”, pero queda el espectro del mismo abulón que le da vida, fe y sexo al puerto. Este se consume como una lumbre de horas, y se queda en un vaporcito sin dignidad. El que “eructaban con olor a Impala rojo”.

El impala es una visión profética. El profeta es un payaso mal maquillado con depresión clínica. El impala es una saeta que empieza vapor y se convierte en un auto para que Leigh Bowery huya y se vuelva un cuerpo político/bíblico. Con un vestido de abulones, Bowery es lo mismo la ramera de Babilonia que la amada del “Cantar de los cantares”. Los santos le fallan, y Baja California se revela como ese amado con el cual buscar encuentro. Pero la amada sólo consigue un breve recordatorio de que estuvo viva. El impala anuncia el fracaso, y si le preguntas por el fin del mundo, se cagará de la risa. Mientras tanto, Lucian Freud quiere pintar un retrato, pero Leigh Bowery sólo sabe huir, no posar:

No estamos huyendo, Lucien. Habrá una edad para caminar lento sobre la línea peralta de la tarde. Debiste traer los pinceles para recordarlo. No estamos huyendo porque somos perros acabados con las fauces sobre el granito de un mausoleo—alguien nos abrió como bisagras dolientes.

En la vida real, Bowery posó para Freud hasta morir de SIDA en 1994. Los retratos pueden verse en secuencia, si uno se quiere torturar con las imágenes de un cuerpo que se reduce a sueño. Pero, el Bowery de nuestro profeta, pasa en la carretera por la cruz de flores de plástico que anuncia la fecha de su muerte, y ni siquiera se detiene. Solamente toma una foto desde la ventana del impala. La muerte no pasa de ser una trampa para turistas.

El libro se articula como un itinerario para el viajero que quiere ver como la vida puede irse a la mierda, de una manera exquisitamente anticlimática. Unas postales nos invitan al road-trip a través de una Baja California que se hunde, donde el final es una vejez venenosa. Los portadores de la memoria hacen lo posible por raspar heridas. Raspar a los que todavía intentan encontrar un poco de vida como sea. Son una combinación de ancianos norteamericanos, para los cuales el impala no apareció o no importó. Fueron contemporáneos de Grateful Dead, niños de Woodstock, y ahora son dependientes al ginebra y a actuar como cretinos. Miran con asco cualquier sugerencia de que el mundo no se acabará con ellos:

algunas veces
los viejos
dejan huesos huesos de pollo afilados
a propósito
en la banqueta
y hacen apuestas
para ver cuál de los perros chihuahua de las vecinas
muere primero
al hacerse una rajada en el cuello

Cabe mencionar que, donde aparecen los ancianos, el impala se vuelve ausente (quizá dice: “¿Para qué me molesto?”),  que los perros se tragan los huesos sin mayor problema, y que “nadie hizo apuestas sobre el destino de aquellos viejos”. Pero el profeta/payaso, el que sigue hablando cuando el impala se va, se niega a dar juicio. Quizá estos ancianos le siguen temiendo a algo. O más bien saben que perdieron su oportunidad de morir jóvenes, a diferencia de Bowery, y esto los tiene estacionados en un “infierno verbal”. O sólo son unos viejos idiotas sin nada qué hacer después del retiro. En todo caso, habrá que serle fiel al silencio del impala, y quizá verlos como otro punto arbitrario de un paisaje, ya de por sí con diarrea de arbitrariedades.

Todo se pierde en el “fisting existencial”, y la forma del libro se mueve como anécdota de borrachos bien contada. Pasando del verso a la prosa según estemos fijos o en carretera. Así los párrafos se vuelven las ventanas del impala. Uno de repente se siente viajando a lado de Bowery. Los versos cortos se leen como un chiste contado despacio, ya habiendo bajado del carro. Los punchlines aquí se vuelven estocadas. Que causan risa. Que anuncian un fracaso trágico.

El impala decide no quedarse para el final del libro; no obstante, su fantasma se queda en ese fracaso que se cuaja en lo patético de los ancianos. El impala, al final de cuentas, sólo nos supo dar un tour por las verrugas fallidas más peludas de Baja California. El impala es la visión de todo lo que quedó a medias, lo que está por irse al caño. Y parece que nadie aprendió nada del asunto.

Aunque, ahora se me ocurre, que con Bowery y los viejos, el impala también anuncia el fracaso de la muerte y de los finales.

Chavas, mejor quítense la peluca y el rímel, que El impala rojo nos va a llevar a posar fracasadas y en silencio. Quizá en el viaje a ningún lado encontremos algo, cualquier cosa, para sobrellevar el hundimiento. O quizá sólo nos detengamos a media carretera para comer mariscos, si bien nos va.

por Esteban Lopez Arciga