3 pøemas de Belén Iannuzzi

 

O’HIGGINS

Los veranos en el campo
eran largos y calurosos,
me tocaba dormir
en la cama plegable
con la almohada de lana;
cada noche
mi cabeza descansaba
sobre esa piedra.
Amanecíamos con el primer sol
para andar a caballo
antes de que el mediodía
nos obligara a una siesta
dispuestos como piezas de ajedrez
sobre el piso de la galería
o a un chapuzón
en las aguas heladas
del tanque australiano.
Pocho ensillaba los caballos de memoria,
a Flor le tocaba Pico,
que era potrillo, bravo y porfiado;
yo, sobre Pampa,
aprendía, elegante, los ritmos de baile:
paso, trote y galope.
Una vez por semana
subíamos al Citroën amarillo
en dirección a Junín
a buscar algunas provisiones
y un mínimo contacto con el pueblo.
Lo que más me gustaba
era la noche,
cuando salíamos
a cazar luciérnagas
que guardábamos en frascos de vidrio
con agujeros en la tapa,
ponernos Off en los brazos y en las piernas,
caminar detrás de la luz mala,
quedarnos hasta la madrugada
dibujando y leyendo
en el comedor de esa estancia
de principios de siglo
a la que le quedaban pocos años
para desmoronarse.

 

ANTEOJOS PARA NO VER

Quisiera escribir un poema
sobre Miami,
llevaría una camisa con palmeras
en tonos cálidos,
sería rubia platinada,
andaría por la vereda,
que no se llamaría vereda sino acera,
me pasarías a buscar en un descapotable turquesa
vestido de Al Pacino,
viviríamos en un motel con alberca,
usaríamos anteojos negros
para no ver nada.

Quisiera escribir un poema
sobre casas rodantes
en un camping con guirnaldas de luces
azules, rojas y amarillas,
familias hippies
comparten una mesa larga
de madera garabateada con flores,
los niños juegan entre ellos,
los padres cantan y bailan música country,
una orquesta toca en vivo,
beben y se aparean
hasta que llega el día.

 

HIEDRA AL SOL

Insiste mi madre
en limpiar la hiedra
que cubre el árbol
de la puerta de su casa
que también fue la mía.

Hay papeles de golosinas
bichos bolita
colillas de cigarrillos
chicles pegados.

Hiedra, del latín “hedera”
Planta trepadora, siempre verde. De su tronco y sus ramas brotan raíces que se agarran con fuerza a los cuerpos inmediatos. Tiene hojas persistentes, enteras y en forma de corazón. Aunque no es un parásito verdadero, daña y ahoga con el espesor de su follaje a los árboles por los que trepa.

Vuelve mi madre
del fondo del patio
con bolsas de nylon
una pala una escoba
el perro una escalerita.

La hiedra crece
alrededor del árbol
desde enero de 1993
ahora son lianas que adornan
un cable de alta tensión
y le dan color vegetal
a la luz de mercurio
huele una acidez dulce
que pesa pero libera.

La hiedra junto al árbol
el jazmín paraguayo
que voló y se quedó
las hormigas y las raíces que quiebran
las baldosas de la vereda
son un ecosistema
una familia,
como la que fuimos.

 

del libro Frío y seco, pampero (La Carretilla Roja Ediciones)

 

 

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Belén Iannuzzi nació en la ciudad de Buenos Aires el 20 de enero de 1979. Buscó, investigó y encontró en bibliotecas públicas y archivos personales muchos de los poemas de las primeras mujeres que escribieron este género en Argentina, que luego fueron publicados en el libro “Primera poesía argentina 1600-1850” (Ediciones en Danza, 2006). Estudió la obra de Luis Alberto Spinetta como letrista en “Poéticas del rock” (Marcelo Oliveri Editor-Academia Porteña del Lunfardo), traducido al alemán como “Poetik des argentinischen Rock” (Abrazos Book, Alemania, 2010). Publicó las plaquetas de poesía “Pajaritos” (Zorra/Poesía, 2008), “Oímos el run” (Zorra/Poesía, 2009), “Findelmundista” (Color Pastel, 2009), y los libros de poesía “Haikus gordos” (La Propia Cartonera, Montevideo, 2010).