3 pøemas de Paula Giglio

 

Notas sobre Hoy llueve en el mundo

El clima complica la empatía. Rodeados de un paisaje nevado, nos cuesta trabajo recordar qué se sentía al estar sumergidos en cosas verdes, en el calor del sol. Sintiendo el alivio visceral de la primavera, con su promesa de ligereza y conexión, ¿cómo identificarnos plenamente con algún otro que está en otro lado, batallando todavía para salir de la cama en la mañana y enfrentar una vez más el reto del frío?
El clima es distancia, y la distancia, entre otros temas, es lo que explora Paula Giglio en Hoy llueve en el mundo. En la primera parte, “Correspondencia”, conocemos a una “ella” y a un “él”: ella en Buenos Aires, él en París. Entre ellos hay algo de historia compartida, hay un vínculo que buscan sostener desde dos continentes distintos. Hay teléfonos, cartas: herramientas que se usan para decir algo, pero nunca todo. Hay distancia, claro está. Se cuentan cosas. Él más: le cuenta a ella de lo que ve y piensa y bebe, de sus ambiciones y revisiones (“Vine porque si triunfaba en París / habría triunfado en el mundo. / Luego, fui aprendiendo / que yo también importo”), de sus reflexiones con respecto a lo que los une y lo que no. Ella se muestra más cautelosa, o se permite más silencio. Deja que la separación geográfica y emocional se registre en ella, se deja sentir tanto añoranza como rencor. “Definitivamente, esta ciudad / no es para cualquiera”, le dice él por teléfono: “Vos no sos para cualquiera”, responde ella.
En “Bitácora”, la segunda parte del libro, ella viaja a París, hacia él, a vivir la distancia más de cerca, o al menos de otra manera. Y a buscar en esa nueva ciudad tanto a la persona que había añorado como las huellas de la casa que dejó para poder perderse, aunque fugazmente, en otro clima.
Los poemas de Giglio son delgados desdoblamientos sobre la página. En “Correspondencia,” sentí el cuidadoso despliegue de la supuesta conversación entre ella y él –un espaciado diálogo que abarca también la conversación interna que transcurre en ella– como una especie de cable finísimo que se va abriendo hacia el vacío, o hacia el otro, que a veces es lo mismo. La delicadeza visual de los poemas, además de su frugalidad léxica, contienen –e incluso podrían esconder, si el lector no se detuviera realmente a escuchar– una notable complejidad imagística y emocional. Veamos los primerísimos versos, por ejemplo, y la gran elocuencia visual que aportan a un libro que tanto tiene que ver con las atmósferas desconocidas, los ambientes distantes, el esfuerzo deseante que ejerce la imaginación:

Se disipa la neblina
que cubre el colador
y aparece el arroz
en su blanca insistencia.
Antes de comer
pienso en los dedos
que han juntado aquellos granos.
Pienso en vos. Aquel verano.

Ahí está la intimidad de la cena, la vastedad del entramado humano que la produjo, el invierno evocado, el verano recordado, un yo, un vos, un mundo entero.
Hoy llueve en el mundo no se trata tanto de si esta distancia particular entre estos dos cuerpos, estas dos mentes y voces, se puede cerrar o no; si se logra fijar algo en el tiempo y el espacio para que sea duradero o aspire a serlo. Al contrario, todo tiene que ver con el tiempo y el espacio mismos. Con cómo conocemos irremediablemente un lugar a través de las personas con las que lo habitamos, y cómo conocemos a las personas a través de lo que imaginamos que habitan sin nosotros. Son poemas con conciencia y dignidad, con un lente preciso, con una capacidad admirable de quedarse en lo irresuelto y defenderlo. Incluso llegan a ser sinceramente graciosos (“Me emborraché y vomité / por lo menos / en cuatro países postsoviéticos” me hizo reír en voz alta), cosa que se agradece; ojalá pasara eso más seguido en la poesía. Son poemas de días fríos que laten con su propio calor. Y en ese sentido sí atraviesan una distancia: la concilian.

Robin Myers

 

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Se disipa la neblina
que cubre el colador
y aparece el arroz
en su blanca insistencia.
Antes de comer
pienso en los dedos
que han juntado aquellos granos.
Pienso en vos. Aquel verano.
El mar solía ser una pausa
entre nosotros.
Planeábamos la tarde
y en alguna reposera nos dejábamos abrazar.
Éramos como un poema de Mallarmé:
uno no sabe muy bien qué decir.
Pero después
los tiempos cambiaron.
Por sacudir viejas historias
la habitación se llenó de tierra:
ahí aparece el estornudo
como un tropezón en el discurso;
la alergia era una sola
a veces tuya, a veces mía.
Cuando te fuiste
hubo algo que se limpió,
pero yo insistía en apretar
tu ropa contra mi cuerpo, en poner
dos tazas sobre la mesa.
En el mercado, las vecinas preguntaban:
¿dónde está?
En un mundo nuevo
y ya pasaron varios meses.
El otro día hablamos por teléfono.
Te pregunté: ¿qué tal el invierno?
Me dijiste:

Por primera vez
estuve esperando con ansias
el cambio de una estación.
Día tras día
nublado desapasionado;
no esas nubes así
grandes, cargadas
como una panza, negras
en distintas tonalidades
que cuando llueve
explotan.
Acá la capa de nubes es monolítica
color blanco
sin corazón,
y la lluvia, una lluvia burocrática
que está porque tiene que estar.
Hace tres grados:
el frío que me gusta.
Algo fumígeno sale por la reja
que lleva a las catacumbas.
Debe haber alguna fiesta
y yo me la estoy perdiendo.
Qué ganas
de que vengas a conocer
mi pequeño ecosistema.
Cuando llueve
París es un pan negro mojado.
Definitivamente, esta ciudad
no es para cualquiera.

Vos no sos para cualquiera,
respondo de este lado del teléfono
y me quedo quieta
para que nada se rompa.
De paso, espero.
En ese momento el silencio crece.
Cada palabra, el filo que rebana
un gesto de orgullo.
El arroz descansa sobre el plato.
Pienso en París y pienso en la nieve:
algo delicado
que se posa en los abrigos.
Ya iré, ya iré.
Por ahora, te extraño
desde un lugar que no duele.

 

 

Hoy me senté en el balcón, al lado
del geranio que explotaba,
y leí tu carta de puño tembleque,
un pulso de manos
cubiertas de lana y de frío.

Francia,
país que siempre miré de reojo.
Nunca quise admitir que vivo acá.
Vine porque era lo más fácil
y sin saber bien qué era esta ciudad.
Vine porque si triunfaba en París
habría triunfado en el mundo.
Luego, fui aprendiendo
que yo también importo.
Hoy el clima es apacible;
no me siento agredido.
Anduve por Montmartre
sin plan, dando vueltas,
y era exactamente
el día que necesitaba.
No voy a mentir,
cada tanto se me viene
una frase de Larralde:
todo lo que era bonito
adentro de la cabeza,
medio se vuelve tristeza
y entra a volar bajito.
Ahora, camino bordeando el Sena.
El sol va corriendo, de a poco,
la dureza invernal.
Me traje el almuerzo;
tengo diez euros en el bolsillo
hasta que cobre.
Justo ahora pasa un barco,
pero si no, ni siquiera hay ruido.

Querido, estás
en mi palma húmeda
por el calor del Río de la Plata.
El sol que te absuelve
a mí me condena.
Es lo mismo.

Es lo mismo.

Ya falta poco para tu primavera.
Acá también, el otoño
se está precipitando
y hace que todo caiga:
el pelo, las hojas,
tu carta que arremete
y se trepa al viento, surfea
hasta perderse de vista.
Un coro de bocinas
se acopla dejando oír
la melodía principal:
una sirena.
Pero nada interfiere
en una correspondencia
tan azul como la nuestra.
En alguno de los rincones
de mi mundo interior,
yo
te
escucho.

 

 

Comprender una ciudad
es adentrarse en sus orificios
y recibir todo lo nuevo
como un oleaje.
Algo bulle en la oscuridad
desconocido
hasta que estalla
frente a la primera epifanía:
ciudad, te ha imaginado un dios
y los hombres te han construido
prístina
a su voluntad.
Pero también hay algo mío:
la misma silueta de los edificios,
los balcones de Recoleta estilo francés,
el café todo vidriado de la esquina,
las calles de San Telmo
en la colina de Montmartre,
una Avenida del Libertador
que se llama Boulevard Saint-Michel:
¿dónde estás, París, que todavía
camino por Buenos Aires?
Tampoco hemos heredado todo.
Acá, el sonido de la sirena
es más agudo, más gangoso.
Hay un cuidado especial
para bajar del subte, menos ruido,
algo más alto que el Obelisco
y el grito de los cuervos
que me va guiando
hasta el Montparnasse.
La gente ha dejado
sobre una tumba
cigarrillos y boletos del Metro.
¿Cómo sería saltar al cielo
de una rayuela
dibujada
sobre la lápida?

 

 

Nuestro lugar
siempre estuvo en el frío,
donde la nieve hace
que la ciudad se quede quieta.
Cada edificio con su fachada espléndida
nos confiere una pequeña potestad.
Pero de este lado de las paredes,
la ventana no significa lo mismo:
el agujero por donde espiar
una serie
de comportamientos pautados,
a paso de cuero y, cada tanto, charol,
un andar silencioso y francés;
ordenado.
El ojo va donde la mano apunta:
el Louvre, Pont des Arts,
la Plaza de la Concordia:
por el mismo suelo
rodaron las cabezas
de María Antonieta y Robespierre.
Más adelante
en la Iglesia de la Madeleine,
sentado sobre telas
y bolsas de colores,
un hombre pide limosna.
A su lado se erige,
frente a un platito de leche,
el gato absoluto:
un gato que es
todos los gatos.
Ambos observan a la gente
que camina con rigidez documental.

 

del libro Hoy llueve en el mundo (Caleta Olivia, 2019)

 

 

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Paula Giglio (1988, Córdoba) es Licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba. Publicó los libros de poesía Ella, naturaleza (Ed. Babel, 2012), En el cuerpo (Ed. del Dock, 2016), Un lugar para mis piernas largas (Ed. Caleta Olivia, 2018) y La risa loca de los ángeles (Ed.Liliputienses, 2018). En 2017 participó del FIP: XII Festival Internacional de Poesía de Buenos Aires, llevado a cabo en el Centro Cultural Kirchner; fue seleccionada para participar de la Bienal “Arte Joven Buenos Aires” en el área de Literatura, en el Centro Cultural Recoleta, y participó de la 33e edición del Festival International de la Poésie de Trois-Rivières, Canadá. Hoy llueve en el mundo (Ed. Caleta Olivia, 2019) es la edición argentina del libro La risa loca de los ángeles, que obtuvo el I Premio Centrifugados de Poesía Joven en España, en 2018.