3 pøemas de «El río y otro poemas» de Jorge Aulicino

 

1

El amigo dice todo está como era entonces
y solo él sabe cómo está, cómo era y cuál es el
entonces. El muelle industrial está callado y lo
golpean ligeramente las olas del río.
La arena está como el año en que Gauguin soñó
los amarillos. Las grúas no son las mismas,
tienen más revoluciones, son electrónicas,
robóticas. El amigo sigue hecho de sal y
de carne. Camina por el borde del agua y su
zapato pisa un charco de agua aceitosa. Barro
industrial, le digo. Se da vuelta. No sé si sonríe.
Ya está oscuro. Un animal alza el vuelo tras las grúas
y le hace fondo.

 

 

15

El color de la fábrica abandonada, que es
ya indescifrable, toma algo de los colores del
río. Un celeste a veces que se expande por sobre
los techos de los ranchos vecinos, la villa que
toma y le da al agua. Sábalos han mitigado
muchas veces el hambre. Pero la fábrica no
fue hecha para sumarse al paisaje sino para
romperlo violentamente, según las leyes que
dictaba hace un siglo el progreso. Chimeneas y
alambrados. Un sueño sarmientino. Ahora es
paisaje. Deterioro. Ha chorreado el agua de
los techos y le ha dejado largas manchas más
bien negras. El río las hace, según la hora,
marrones o grises. Por esta falta de acción
la fábrica expande una paz desdeñosa del
mundo, de las gentes que se acercan a la orilla.
Definitivamente casada con el barro
y el cielo, que por la tarde la pinta de óxido.

 

 

Descomposición y mercado (elegía)

El proceso es horrible solo mirado de cerca,
como aquel caballo en descomposición que el mar
tiró a la playa cuando el éxtasis te visitaba.
No olía, comido por la sal.
El siglo no huele y está podrido, murió temprano (hay siglos que duran setenta años —Hobsbawm—
y otros que duran diez).
Las películas de zombis invaden las pantallas de occidente,
y en oriente fabrican millones de pantallas
pero no piensan en comer cerebros
sino en crear software
o en sentarse tras un mostrador de metal
con un celular en la mano derecha
mientras la izquierda pasa paquetes
delante del lector de código de barras.

No huele a limpieza ni, de hecho, está limpio el lugar;
se huele en cambio una prolijidad interna
como la de alguien que no está en este mundo.

En el alero colgaban gotas de gordo rocío
cuando Tu Fu desvelado vio sobre la Luna
la sombra de la espada.

Esa sombra es la silueta abismal
que ocupa el centro de este escenario en que
los enseres son transitorios
y no molesta al pensamiento la grasa
en los circuitos del aire acondicionado.

 

del libro El río y otro poemas (Barnacle, 2019)

 

 

_______________________________________________________

Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949). Es poeta y periodista. En 2015 recibió el Premio Nacional de Poesía. Estación Finlandia, su obra reunida, incluye dieciséis libros publicados hasta 2011, entre ellos la línea del coyote, las vegas, la nada y cierta dureza en la sintaxis. Fuera de esa recopilación, publicó Libro del engaño y del desengaño (2011), El camino imperial (2012), El Cairo (2015), Corredores en el parque (2016) y Mar de Chukotka (2018). Tradujo entre otros a Pier Paolo Pasolini, Cesare Pavese, Franco Fortini, Antonella Anedda y Biancamaria Frabotta.