Fragmentos de «Calabozo cuatro» de Gerardo Villanueva

 

Quiero desfigurarlos. Doblarlos. Triturar el esternón asiático. La corona yanqui en mi cabeza. Al Swift, al Siberiano, al Monster Inoue.

Quiero hacer mi trabajo energúmeno.

Estoy tirando desde fondo, de todos los ángulos y con toda la fuerza posible, por eso no ha llegado al límite ni un solo rival. Avanzo al costado. Aporreo. Remate. Vuelvo a reventar caretas, partirlas en pústulas, desfiladeros. A mí me gusta boxear, a mí me gusta puño, a mí me gusta partirme la cara con un hombre que esté enfrente de mí. Por eso me aviento, rústica punción, aunque la realidad sea pago por evento con tres o cuatro espectadores.

 

 

¿Qué sería de Venezuela si aquí hubieran seguido gobernando aquellos gobiernos adecos y copeyanos? Bueno, estaría como el boxeador —el que se atreva a enfrentarse a Edwin Valero—: noqueada-fulminada.

Hugo Rafael Chávez Frías

Soy soberano.

Desarmo crochets y pikabus,
arrebatos de Nevada en pergaminos,
rotativos y sus oprobios piel muerta.

Nada consiguen contra mi templanza conciliábulos de táctica extraordinaria.

No pierdo
vigencia.

Pronto conduciré el remolque nacional. Qué sería del ídolo sin anhelo laurel o propósito imperio. Qué sin descarga de caprichos. Desde rabia: pronunciar revancha y venga escarmiento, aspirar justicia y se erija venganza. Quiero en mi lengua la astringencia dominio. Nadie a izquierda, nadie a derecha.

Soy auténtico. Mis impactos se llaman Tokio, California, Monterrey. Donde pongo puños encuentro colapso.

Colecciono reyertas coreanas callejeras en videocintas que el contrabando provee en Carabobo y que tanto repito como castigo al maxilar diletante.

La lista de aprendices crece, como mi palmarés, pero nada qué heredarles. No soy ejemplo.

Mis detractores reiteran que en tiempo esta carrera no frisa ni media hora. Qué decirles de esta izquierda piedra. No me culpen si émulos lamen lona con urgencia.

Estoy hablando de estilo,
de potestas.

Ah,
bien retumba aquella ovación en concurrencia. La planta madera sintética. Mi mano alzada. El cinturón. Al tiempo que entre canturreos el comandante advierte:

No hay Tommy Hearns que valga,
no hay Mano de Piedra que valga,
no hay Cassius Clay que valga, el que vale
es El Inca Valero,
campeón mundial.

 

 

Esto no es el Intercontinental. Lejos del barbitúrico, la memoria. Mi camiseta se prende al tatuaje. En torso cuelga noche calambur si mazmorra lleva ese o zeta. Se inaugura juego rompecabezas. Doy mi corona si esta hemicránea es fruto de combate. Me temo que vengo de dosificación de tropiezos. Esto no es el Intercontinental. No hay eslabones en esta historia, no hay escaleta ni disposición. Y todo empezó chupando pastillas de bronce sobre azulejo: pasatiempo zagal. Lacero muros con nudillos. Abato sopor con boxeo de sombra, con rugidos por mujeres y farmacia, exijo mujeres y farmacia. Transpiro imperio y el delito que me trajo no asoma. Queda reconstrucción: el tropiezo anoche, ¿anteanoche? Otro estertor como ingesta de vodka en ayuna, romance cocaína en autopista. ¿Qué importa el vértigo, el impreciso motivo accidente? Si tan sólo volviera al comienzo. A primer aviso de muerte se proyecta trayectoria. En plano concreto transita cuarto de hotel desarticulado —mi testimonio, esta patraña—, carretera provincial y su tedio. Péndulo costales. De arena aquella infancia y su ñata con fluido sanguíneo. Otro cinturón para el régimen. Caballo morfinómano, esta carrera la he visto en otros turnos y ya presiento desgaste del carrete. Me pregunto si hay quién descifre lo que este testimonio encubre y traducirlo a censores que controvierten sólo por incordio. Conjeturas habrá post-tragedia: maquinaciones que tiñan boletines bermellón. No habrá excepciones: gacetilleros deportivos, mañana cronistas nota roja plantarán postura, aventuro runrún: “Ya era mortífero tiempo atrás. Desde entonces se evidenciaron episodios de furia, aspereza y agresiones”. Ahórrense primicias, desde esta pajarera, sin cabeza, anticipo encabezados, presunciones decoradas por novatos en El Nacional, Meridiano y El Mundo pulsando con fotografía archivo: “¡Volvió a camorra!”, “¡Destruye habitación!” o en ardid: “¡Noqueado por napia!”. Rancias notas siempre: cotilleo de relojería imperfecta, bullicio en penumbra. Y qué importan diarios si no puedo levantar hechos, recuerdos, si este almacén está vacío. En santoral no habría Gatti, Monzón, Bonavena sin tragedia. Hay algo adentro de mí que tengo que volcar sobre alguien. Para ello, vuelvo al patio puericia. Quizá por eso compré casa en Bolero Alto. Vuelvo en perturbación de socios del recreo porque me negaron mi niñez y destrozo aperos, juguetes, objetos que no existieron. El capricho pasa como avión papel que lanzo y se desploma entre ramas de bucare, veintiocho años atravesados sin darme cuenta. Y vuelvo al presente: “Me gusta golpear hombres. Me libera”. Lo demás —permítanme decirles— es simple ruido.

 

del libro Calabozo Cuatro  (Periferia Escribidores Forasteros, 2019)

 

 

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Gerardo Villanueva (Guadalajara, 1978). Autor de patrivium (Mantis Editores, 2016) y Feu G Rare (Ínsula-UANL, 2016). Con El vuelo de Luci (cuaderno de tareas) (FCE, 2013) obtuvo el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños. Su publicación más reciente es Calabozo Cuatro (Periferia de Escribidores Forasteros, 2019). Forma parte de Luzzeta Editores. Vive en la Ciudad de México.