5 pøemas de «La estación de las moras» de Ángela Álvarez Sáez

 

Los arcos y las flechas

Cuando la huella del animal
comienza a disiparse y en la tierra
una costra amenaza cualquier
forma de redención, pienso
en aquellos veranos ingrávidos,
en la casa de adobe
luciendo sobre la sangre ácida.
Luego la herida vuelve a hacerse carne
y con la carne vuelven los arcos
y las flechas y los cazadores
apostados en un rincón de la memoria.

 

El parto

A partir de aquí
romperemos los lazos visibles.
Mi cuerpo sobre la camilla
atraviesa un sendero blanco
de pestañas. Tu cuerpo con la vida
pendiendo del resultado
de un test de Apgar
no puede sentir el tacto
de mi piel, ni el recorrido de la noche
apaciguando la sed de sangre
que nos mutila el corazón.
Con un hilo de cordura,
apagada por la anestesia,
te llamo y el ruego
se torna en la oración
más serena, clara.
Luego cojo entre mis manos
el útero y lo exhibo, impúdica,
desafiando los límites de la entrega.

 

La siembra

Y aquí yazgo, madre,
sobresaliendo de la tierra la prominente barriga.
Mis brazos, manos, piernas, ojos,
se han integrado tanto en la arcilla
que ya no siento que esté viva.
Todo rodea el vientre.
Doy vueltas, madre, doy vueltas alrededor
de tu vientre. Su piel es porosa
y su olor desunce los significados.
Se acercan unos niños.
Oigo sus palabras inocentes
al encontrar la misteriosa redondez
que da sentido a sus huellas. Ya llegan, madre,
los padres de esos niños que desencadenarán
violencia, raptos y más tarde la guerra.

 

El cielo intacto

El instante es este racimo de uvas
que desgajo y ordeno
sobre las baldosas del comedor.
Luego, el día establece celdas
en un calendario
que más tarde olvidaremos.
Tengo entre mis manos
un enjambre
que no ha sanado sus úlceras.
Y de mis ojos brota el sarmiento
de alguna muerte insustancial.
Esta noche
dormiremos en la cofradía de pescadores
aguardando nuestra porción
de cielo intacto.

 

He dado vida. He dado muerte.

“No he dado muerte, no he dado vida, no he dado muerte.”
María Antonia Ortega.

 

Todo nacimiento conlleva muerte. No logro quitarme de la cabeza estos versos: -No he dado vida. No he dado muerte.- Yo que he dado vida. Que he amado y sufrido y gestado. -Apiádate Señor de tus siervos.- Yo que escribo poesía contra la nada. -Apiádate Señor.- Yo que he condenado a mi hija a muerte. -Apiádate Señor de mí.-

 

del libro La estación de las Moras 
(XXXIV Premio Carmen Conde, Torremozas,2017)

 

 

_______________________________________________________

Ángela Álvarez Sáez (Madrid, 1981). Licenciada en Derecho. Obtuvo una beca de creación literaria por la  Fundación Antonio Gala durante el curso 2005-2006. Ha publicado los siguientes libros de poemas: La torre de las tortugas (Premio Antonio Carvajal, Hiperión, 2006), Metales en la voz (Premio Gran Hotel Canarias, Vitruvio, 2006), Las versiones del tigre (Vitruvio, 2007), De conjuros y ofrendas (Polibea, 2015), La columna rota (Huerga y Fierro, 2016), La estación de las Moras (XXXIV Premio Carmen Conde, Torremozas,2017), Libro de la nieve (XXIII Certamen de Poesía María del Villar, 2017), La casa salvaje (Premio Internacional de Poesía León Felipe 2018, editorial Celya , 2019) y Palabra vegetal (Premio de Poesía Blas de Otero Villa de Bilbao).