4 pøemas de «Corredores en el parque» de Jorge Aulicino

 

Detrás de los pinos de artificio un cementerio

Fila tras fila con estricta impunidad
Las lápidas abandonan sus nombres a los elementos
Allen Tate

Detrás de los pinos de artificio un cementerio
es, dramática, curiosa, irónica y tristemente el
único testimonio vivo de una civilización.
A rachas el sol irrumpe a través de una luz
/gris caliente,
camino a las playas atlánticas de la República.
¿Quedan los nombres de esas lápidas expuestos a qué?
Contemplan más bien, no exentos de sabiduría,
la lucha circunstancial entre la indiferencia marmórea
del turismo y el lejano campanazo de la muerte.

 

 

Superman, huérfano del Cosmos

Superman, huérfano del Cosmos,
tu tierra es tu enemiga, la poción mortal,
el talón de Aquiles que el demonio del caos
ha puesto como baldón sobre el débil reportero
y el muchacho que vuela como poesía futurista
sobre los rascacielos, los bosques y el polo.
Rocas de una identidad que te persigue
y que estoicamente soportás, tu origen:
el universo hecho de subdivisiones y brutales alejamientos.

 

 

Buscando en lo barato su sabor rudo pero cierto

Buscando en lo barato su sabor rudo pero cierto,
en las albóndigas, en la papa hervida
con su cáscara, te sorprendió muchas veces el gusto incluso
por la sub-producción industrial:
el tabaco hecho de sobrantes,
grasa y carne arrancados a los huesos,
molidos y aplanados en comida rápida.
Pero no cejás:
el gusto de la comida no imperial,
con su vulgar adobo,
el romero y no las hierbas finas,
la brutal carne brutalmente asada.
Y el tabaco ése, a dos pesos, fuerte al fin,
como el fondo de una bodega.
Y la soledad brutal,
con crepúsculos sobre las sartenes.

 

 

Pongamos que oyeras todos los sonidos como un ciego
/prodigioso

Pongamos que oyeras todos los sonidos como un ciego
/prodigioso,
como Daredevil, el superhéroe inválido: no serían las voces sino del dolor, de la ambición, de la villanía, del crimen, de los despachos y de los galpones,
de las construcciones y los entierros: no serían las voces
ni los sonidos —taladros, sirenas, disparos— de una
civilización que se extingue.

Te bastan voces y los sonidos del pasillo. Son los mismos.
El don sería oír los pasos de una lagartija en tu cuarto.
Podrías decir entonces que oís el corazón del universo,
su din-don, su campana, su mecanismo racional o carnívoro. Pero lo que sube al cielo es de la obra, la marcha, la estridente sinfonía
en un vacío donde no ululan los vientos
ni cazan murciélagos.

 

del libro Corredores en el parque (Barnacle)

 

 

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Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949). Es poeta y periodista. En 2015 recibió el Premio Nacional de Poesía. Estación Finlandia, su obra reunida, incluye dieciséis libros publicados hasta 2011, entre ellos la línea del coyote, las vegas, la nada y cierta dureza en la sintaxis. Fuera de esa recopilación, publicó Libro del engaño y del desengaño (2011), El camino imperial (2012), El Cairo (2015), Corredores en el parque (2016) y Mar de Chukotka (2018). Tradujo entre otros a Pier Paolo Pasolini, Cesare Pavese, Franco Fortini, Antonella Anedda y Biancamaria Frabotta.