Dos poemas de Agustín Guambo

 

-Cuando fuimos punks-

Esto es el fin
Que alguien venga y nos mire temblar
/Yuliana Ortiz Ruano/

 

Verano del 99.
La ciudad agitándose amargamente bajo un sol manchado
Sobre el horizonte cuerpos mestizos quebrándose como estrellas negras entre la sed de las aves
averiguamos muy pronto que Nada había debajo de las sombras de nuestros padres, solo llanto y hambre
¿De quién eran los pedazos de carne que caían de nuestras manos por la noche?
¿De quién el llanto que conteníamos entre estos, nuestros, aindiados vientres?
¿De quién los párpados brunos que, día a día, se hundían como esclavos viejos, devastados y en silencio, sobre el smog y el caos?
Nuestros pies danzaban salvajemente negándose a morir sin antes haber delirado o al menos herido, un poco, el pecho de la miseria
He aquí las mariposas blancas de nuestra memoria alimentándose de las cicatrices de úteros de madres indiasmestizas urbanas he aquí el dolor de la vida cercenando con vergüenza la carne después de nueve meses
La luz de nuestra sangre poco a poco se seca y hoy hay sed de vejez en nuestros cuerpos hay sed amor en nuestros cuerpos
ahora recordamos cuando nuestros corazones corrían libres por sobre la hierba brillando como la primavera sobre los lomos de las bestias
Verano del 99.
a ti te saludo hermano,
quién quiera que seas,
dónde quiera que estés,
a ti que sueñas entre ciudades paralizadas por el capitalismo y el frío,
a ti que caminas con las manos doloridas y secas,
a ti hermano y hermana que no tienes cómo pagar tu alquiler cada fin de mes,
que te cuesta conseguir empleo y vagas por las calles
mientras el hambre recorre tu casa, tu barrio, tu sangre, tus hijos
a ti que vives en ciudades donde la lluvia escasea
ciudades donde todo es un perpetuo exilio a la amargura
donde nada crece sin dolor y donde nadie huye por miedo al silencio
a ti también te saludo
país de la infancia país del naufragio
donde nada detiene el transcurso del tiempo que todo lo mutila
a ti también te beso con la inocencia del fuego quemando en mis labios
Verano del 99.
conservábamos pequeños fragmentos de amor regados como espinas en habitaciones redondas
donde nos desnudábamos, para un cuerpo o para otro, esperando encontrar
entre su carne curtida el aroma de la vida
país de la infancia, país del naufragio
te recuerdo cuando comenzamos a crecer, en silencio,
abofeteados por la pobreza humillados por la melancolía
cantando salmos punks para nuestros dioses punks
padre punk que estás en el pogo santificada sea tu cresta venga a nosotros tu ira y melancolía hágase mierda la vida y la muerte así como nosotros nos hacemos mierda en tu dulce abandono no tengas miedo de darnos el pan nuestro de cada día; dios punk, eso sí, nunca perdones a los que nos olvidaron

país de la infancia país del naufragio

donde las cometas, dios, dejaron de importar hace ya tanto tiempo
y el cielo se llenó de aves sucias y ciegas que se cagaban sobre nuestras plegarias
a ti te saludo
a ti que nunca te importamos a ti que solo nos diste pesadillas famélicas
y esta infancia como un hueso que, sobre un incendiado horizonte, se va secando
a ti que nos diste amigos narcotizados y magníficos pero que murieron
apenas pudieron hacerlo, llenos de polución y coca en sus venas
a ti te saludo hermano y hermana proletaria
te beso con la amargura de las flores arrancadas que se marchitan en los hogares burgueses

Verano del 99.
en las noches nos reuníamos como triste bandada de enfermos a atizar el fuego de nuestros corazones
con canciones de otros vagabundos con talento o punks alegres como les llamaba Asdruwal
a muchos otros como nosotros
lejos muy lejos de los edificios caros y sus luces de neón caras
lejos de la modernidad y su brillante embuste
tan lejos que nadie podía escuchar el quebrarse de nuestra sangre
tan lejos donde nadie percibía nuestros cuerpos balancearse amputados por una cuerda en el cuello
lugares donde se alzan al aire libre casas empobrecidas como mastodontes famélicos
casas donde las azoteas están llenas de perros desolados por la desnutrición
casas donde nadie sabe que sus rostros avergüenzan al mundo
que su cópula avergüenza al mundo
casas creadas con paredes más frágiles que sus propios sueños
barrios marginales del mundo a ustedes también los saludo y abrazo y beso

país de la infancia país del naufragio

poco a poco conocimos las drogas y sus rituales
en los parques de la ciudad en las cantinas de la ciudad en las azoteas de la ciudad en los hogares pobres y ricos de la ciudad esta se presentaba sensual y delicada
y cada vez que consumíamos nuestra mente se iba hinchando como un globo llenándose de agua y harina
profesábamos que cada pinchazo era el mar bramando solitariamente contra las rocas en nuestra piel
cada jalada hit yegua pase grillo nos hacía sentir menos parias
más tristes, sí, pero menos crueles con nuestros padres y sus pesadillas

país de la infancia país del naufragio

cuando comenzamos a consumir con otros amigos
juntábamos el poco dinero que le podíamos robar a nuestros padres,
¡pobres robando pobres!
y comprábamos la dosis,
¡pobres drogando pobres!

país de la infancia país del naufragio

quemamos nuestras mentes, muchos años, bajo la lluvia apolillada en noches ancestrales entre la sombra de las lunas partidas de nuestros barrios
en una ciudad desgarrada y envejecida por la prisa el dinero y el hambre

verano del 99.
incendiamos todo nuestro futuro sin miedo,
ya que no se le puede tener miedo a lo que no existe, decía marco,
nosotros somos la mierda de la mierda
y alzamos el volumen de la radio para que nadie escuche nuestro abandono
nuestra miseria
nuestro dolor
éramos jóvenes y ya olíamos a fracaso, decía Andrés,
con él supimos que la prudencia y el amor nunca van de la mano,
y que a veces el amor no es dios cosechando trigo y cebada en nuestros vientres, sino, tan solo un tronco verde en el corazón que no sirve para la hoguera menos para las polillas

a ti también te saludo riquezas ficticias
edenes privados
casas de placer
testaferros de la carne y el hambre
continentales señores de la miseria

Nadie nos dijo, ese verano del 99,
que todo estaba triste y confundido como nosotros en el mundo y que
nada nos quedaba más que alimentar la hoguera con los cuerpos de nuestros amigos y hermanos

país de la infancia, país del naufragio

notábamos en esos años como iban murieron nuestros héroes
y los saludamos, ahora, con un beso en su dulce boca
y a ti también te abrazo, saludo y beso hermanos y hermanas que viven en las calles sucios y desprolijos
Niños de la posguerra abatidos e incendiados por el sida y el amor
hombres y mujeres tirados en las avenidas del mundo que gritan su ancestral y salvaje ternura
que se ponen en peligro con el rostro lúcido y sonriente hacía la muerte
con el corazón desierto como un cáncer salino que nadie quiere curar
en este país de la infancia, país del naufragio

 

Escucho Radiohead mientras recuerdo tu sonrisa cada vez que hablaba de dios

A Belles Perennis

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Sostengo la blanca flor de tu cabeza con el mismo miedo que sentiría si entre las palmas sostuviera el universo -sostengo la blanca flor de tu cabeza como una travesura delicada e inocente que un niño ha construido con el polen de su fe una noche de otoño -sostengo la blanca flor de tu cabeza y pienso en los días en que tu fresco olor será una pantera escapando hacía un cielo neurótico y rojizo -sostengo tu cabeza y su flor con el mismo desasosiego torpe de un dios destrozado que jugaría con las aves de su corazón esperando que de su pecho brote un mar sin brújulas -sostengo tu cálida cabeza como si fuéramos los únicos habitantes de este mundo que no tienen a dónde escapar y constantemente se repliegan hacía la lluvia –sostengo la mestiza flor de tu cabeza sobre la ciudad y el sol es un quebrado gorrión negro atado a tu nombre

STOP
centenares de estrellas terribles y hermosas como inofensivas frutas cayendo en mi mente/ era nuestro temporal credo: construyamos el mar, las flores y el silencio cada mañana/ los atardeceres ya no duelen como supusiste/ atardeceres llenos de una adormecida melancolía y largas caminatas por calles doradas y estrechas/ me daban miedo tus manos y su calor/ te confieso: mis huesos son menos pesados desde que te has ido y les cuesta llenarse de luz /un sol delirante desliéndose sobre la melancolía de las personas/ insectos ancestrales retornan a casa con fe y delirio cotidianamente/ los atardeceres ya no duelen como supusiste/ duele que los insectos pregunten por ti obstinadamente los días lunes/ la ciudad crece con la misma destreza que tienen los humanos para sentirse solos los días domingos a las seis y diecisiete de la tarde/ hoy no llovió y el atardecer no trajo ninguna novedad/ los apacibles prados de tus ojos incendiándose en mi sangre/ te vuelvo a repetir/ ya no duelen los atardeceres como mal supusiste/ ahora duele más ver a dios sentado en la sala tomando café y escuchando a Patty Smith hasta la madrugada/ duele dios en pijama por la casa sin bañarse arrastrando su dolor del baño a la cocina de la cocina a la cama/ duele dios desempleado, con alergia, jurando no volver a beber ni acariciar a los gatos de los vecinos/ duele ver su cansancio/ duele el poco interés que le pone a la vida/ pero no te digo esto con el fin de que te preocupes/ dios es fuerte y yo estoy con él/ todos los días le traigo un chocolate/ lo siento frente a la computadora, lo abrazo, juntos vemos malcom/ hasta que uno de los dos se queda dormido

 

 

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Agustín Guambo. Master en Antropología por FLACSO-Ecuador.  Maestrante por la Universidad Andina Simón Bolívar en Estudios de la Cultura mención Literatura Hispanoamericana. Director del proyecto anarkoeditorial Murcielagario Kartonera y del Festival Internacional de Poesía de Quito “Kaníbal Urbano”. Ha publicado: POPEYE’s Sea (La Apacheta Cartonera, Lima 2014); Ceniza de Rinoceronte (La Caída, Buenos Aires 2015); y Primavera Nuclear Andina (Ediciones A/terna, Buenos Aires 2017)