Un pøema de John Murillo

 

LUEGO DE LEER QUE ERIC DOLPHY TRANSCRIBIÓ INCLUSO EL LLAMADO DE CIERTAS ESPECIES DE AVES

lo primero que pienso es en los dos gorriones que encontré hace años
caminando a casa, tarde por la noche, en otra ciudad, no diferente a esta —una sola

ave frenética, atacando, pensé por la manera en que se lanzó
en picada, rondó mi cabeza y agitó sus alas en mi rostro,

cómo parecía gritar cada vez que yo cambiaba de dirección; cómo ella
aceleraba de un lado a otro, entre un Corolla rojo sangre estacionado

cerca de la banqueta opuesta y yo; cómo, finalmente, lo entendí:
estaba viendo a otra ave, también llamando, su pata inexplicablemente

atrapada en la puerta cerrada del auto, azotando todo su cuerpo de ave
contra este. Tratando, al parecer, de liberarse a golpes.

Y quién sabe cuánto tiempo ha estado ahí, lamentándose. Quién
sabe —él y la otra a la cual confundí, inicialmente, con un murciélago.

Me llamaron —algo entre graznido y trino,
algo entre canción y rezo— para que hiciera algo,

lo que fuera. Y como cualquier buen dios desaparecí. No
exactamente con indiferencia. Pero con cosas por hacer. Y, probablemente,

camino a casa al volver de otra pena. Llamémoslo 1997,
y digamos que estoy a varios cientos de millas de casa. Con esto

me refiero a aquellos días en los que hice de todos una canción de amor.
Con esto me refiero a que me encontraba solo y no correspondido. Pero aquello

tampoco es exacto. Lo cierto es que me las arreglé para encontrar a unos pocos
que me amaran, pero no siempre pude corresponder. El profesor rasta

de leyes. La esposa del bombero. La bailarina de burlesque
cuya hija oscurecía sus dibujos con muchas m para referirse a que

el cielo estaba lleno de aves el día en que su papi murió. Creo
que su viuda dijo que él se ahogó una mañana durante un viaje de pesca.

Como sea, me estoy desviando. Pero si preguntas por qué esa noche —
¿mencione que era de noche?— ni siquiera intenté

forzar el seguro para liberar al gorrión, no podría decir,
con sinceridad, que no estaba relacionado con la envidia, con desear

que una mujer ruegue tanto por mí como aquellos gorriones lo hicieron
el uno por el otro. No. En su lugar he dicho algo

acerca del barrio mismo, el ladrón de autos baleado la semana pasada
a una calle y media al este. O acerca de los hombres

con quienes me crucé la noche anterior, sudorosos y sin playera,
luchando en medio de la calle, el pecho del más grande

presionado contra la espalda del pequeño, ambos sangrando
y amoratados. Sé que piensas que esto era sobre aves,

pero quédate conmigo. Dejé a ambos en la calle —
la misma calle donde dejé a los gorriones— los hombres

abrazándose y, por lo que se sabe (especialmente si no
eres de por aquí), ellos podrían haber sido amantes —

uno susurrando una vieja, vieja tonada en el oído
del otro —Cariño, cariño, no me dejes así. Dejé

a los hombres donde dejé a los gorriones y su canción.
Y mientras me alejé caminando, los escuché llamarme,

por favor o ayuda o hermano o de otras tantas maneras. Y no aflojé
el paso, ni un poquito. Así es cómo aprendí a mantenerme a salvo.

Déjame intentar de esta otra forma. Llámalo 1977. Y digamos que
Estoy de vuelta al oeste, centro-sur de Los Ángeles. Mi madre

y mi padre lo hacen de nuevo. Pero esta vez en la calle,
a plena luz del día, y con los vecinos mirando. Uno,

me parece que su nombre era Sonny, sale corriendo de su dúplex
para quitar de encima a mi padre. ¿Ya ves adónde voy con esto?

Mi madre llorando, frágil como un gorrión. Sonny
peleando con mi padre, frágil como un gorrión. Y yo,

años después, tratando de escribirlo. Tanto para ti —
de acuerdo— como para mí. Sonny recibe un golpe con la izquierda, yace

de espaldas, la sangre comienza a brotar y su propia
esposa se lamenta. Mi madre se lamenta, y el tráfico, ahora,

bloqueando media calle. Cláxones, chiflidos y pronto sirenas.
1977. Verano. Y todos los árboles llenos de aves. Cientos,

lo juro. Y como soy el único escribiendo, te diré
que lloraban. Lo que me regresa a Dolphy

y su transcripción. El jazzista, pienso, deseaba
escribirlo de forma pura. Escribir con exactitud —el animal

retorciéndose contra el puerta de metal del auto, los animales
reportando desde los árboles, los animales en los que nos convertimos

el uno al otro. Quédate conmigo. No me dejes.
Días después del pleito mis padres me llevaron al parque.

Y en ese parque había un estanque, y en este estanque había aves.
No gorriones, cisnes. Y mi padre extendió una sábana

y de una canasta sacó algunas manzanas y un cuchillo para pelar.
Verano. Mi madre usa lentes de sol. Y mangas largas.

Mi padre, ahora sobrio, se maldijo a sí mismo por olvidar la radio.
Pero mi madre lo perdonó y le dijo, mientras acariciaba

el dorso de su mano, que simplemente podríamos escuchar a los cisnes.
Y los escuchamos. Y los miré. Dos aves copulando,

una batiendo sus alas mientras monta a la otra. Verano,
1977. Escuché. Y vi. Cuando mis padres hicieron el amor

tarde aquella noche, me cubrí los oídos en el cuarto de a lado,
buscando a los cisnes en la enciclopedia. No significó nada para mí—

en aquel entonces, por lo menos— pero, ¿sabías que el sustantivo colectivo
para cisne es lamento? ¿Y no es un lamento

su propia especie de canción? ¿Qué es lo que lamenta una mujer golpeada en la calle
por un ebrio? ¿O qué es los que una viuda podría cantar, sabiendo que su esposo

fue ahogado por cisnes? ¿Un lamento de cisnes? Imagina
el bote volcado, el hombre en pánico, recibiendo golpes en los ojos,

en la nariz, en la boca, cada vez que sale a tomar aire. Imagina
las aves alejándose y las aguas súbitamente en calma.

O graznidos de cisne o silencios. La esposa del hombre muerto
corriendo por ayuda, llorándole a cualquiera que escuche. Un lamento.

Y una ciudad ocupada en salvarse a sí misma. Me estoy desviando, cierto. Pero
¿sabías que desvío significa alejarse de la parvada?

Cuando dejé la casa de mis padres, nunca miré hacia atrás. Con eso
me refiero a que hice como un dios y desaparecí. Como cuando dejé

a los gorriones. Y a los cisnes copulando. Como cuando algún día
dejaré esta ciudad. A todas sus sacudidas, a todas sus canciones animales.

 

traducción del inglés al español de Andrés Paniagua

 

 

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John Murillo. Poeta y dramaturgo. Hijo de un padre afroamericano y una madre mexicana, creció en Los Ángeles. Estudió en la Universidad Howard y en la Universidad de Nueva York, donde obtuvo el título de Maestro en Bellas Artes. Murillo utiliza tanto formas tradicionales como verso libre para abordar temas tales como la historia familiar e identidad personal. Su primer libro de poesía Up Jump the Boogie (Cypher, 2010) fue finalista de los premios Kate Tufs Discovery y PEN Open Book.

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Andrés Paniagua. Es autor de Usted está aquí (Ed. Mantarraya, Mx, 2016). Ha sido publicado en distintas revistas y sitios web como Letras Libres, Transtierros, Dolce Stil Criollo(E.U.A.), Aesthetoscopio, Digo.palabra.txt (Ven.), Septentrión, Al-Araby (R.U.) Angel City Review(E.U.A.), Oculta Lit (Esp), entre otros. Becario del programa Jóvenes Creadores en el periodo 2017-2018.