Dos pøemas de Virginia Benavides

 

¿Acaso decir que no existía esa pelota pueda calmar, mamá, cuando el rebote se oía dentro y buscabas asirlo como si en el tropiezo una rama quebradiza te contuviera para no irte a ese hueco blanco, a esa desesperación de no recordar?

Es que no puedo comprender cómo una voz no te llama cuando apagas todas las luces en casa y te duermes pensando en qué hice hoy y sientes que no has vivido más que ese parpadeo, ese respiro del que busca en tinieblas la llave de luz cuando todas se han encendido y andan ciegas de ti. Cómo una voz no te busca entonces en esa ausencia, en esa lista de los salvados por este holocausto en que se ha convertido tu no recordar, tu tocar puertas al vacío, tu canción rayada de por qués.

Así, madre, los campos se hostigan de la misma semilla que renace y renace a pesar de la tierra enfervorizada por recuperar su antiguo esplendor nutricio. Muchedumbres irán a nado por esos campos de espigas, pescando el alimento en grandes canastos resecos al sol que rozan música en las brazadas. Muchedumbres que desaparecen danzando en la fuga por la cosecha. Y esos mismos campos son ahora un espejo en el que te peinas cada mañana, contenta de un reflejo que no retienes más que en el añico, en la sonrisa por surtir, ilusionada por lo que ilumina dentro: las fumigaciones del sembrío, el arte raicero, el riego locuaz que infiltra ternura a las semillas, las chacras que pintan el camino esperando tus manos desocultadoras, el desentierre de todas las palabras que nos callamos, nuestra vergüenza de abrazarnos en silencio cada vez que nos dolía vivir.

 

Se esclarecieron todos los casos de llaves perdidas y llaves de gas abiertas en sueños

Todo es blanco aquí, mamá. Mis párpados, los ojos del que delira a mi costado, la vía láctea que bebemos en las tardes, la almohada que se traga los sueños, el jarabe que no salva nada. Todo es blanco como un desfiladero que nos despeña en sombras y no sangramos de tan idos que estamos. Blanco que nadie viene a visitarme. Blanca la espera y la llegada más blanca cuando nadie te encuentra. Es la tristeza, mamá. ¿Recuerdas antes? El blanco era un poema de casa perdida, un alambre de cerca abierta, un sol que deshacía papeles amarillos como plumas caídas, ruinas dulces de un enjambre de moscas extasiadas en los higos caídos. Ese blanco en escombro de infancia se mezclaba con el blanco, mamá, que me sabía a tu leche, a tu olor de vela encendida, a tu risa descubierta como una ventana salvadora. Cuánto olvido atraviesa los cuartos de esta casa agrietada por este destile de nostalgia, esta mudez que no atizo a decir, de esta lámpara que parpadea en este tránsito de encontrar las llaves, los escondrijos de tesoros donde un día buscamos el regalo que algún mágico nos dejó a cambio de los dientes que perdimos. Mamá, yo creía que todo ese azul que encontraba en las cosas y en las luces oscuras del miedo, iba a darme revelaciones, nuevas magias o maromas para equilibrarme y andar por los días como un ave observadora. Yo creía que los colores se prendían cuando los mirabas y el brillo que ascendía era una flecha tierna atravesando en descubrimientos y nuevos signos de permanencia y luz mental los días. Yo creía tocar algún astro al soltar las amarras que hacían navegar un lenguaje de arena movediza, un lenguaje que se deshacía como un correo no deseado. Pero, el blanco fue siempre una perdida y esa noción con que traspasábamos la edad y nos retornábamos al temblor de la succión natal, esa leche galáctica que nos hacía volar, ser otros y creer, mamá, creer, que la vida que nos dabas desde tu ternura nutricia, desde tu aroma a leña y a pan de las mañanas, era una manera de salir del tiempo, de viajar desde el hilo umbilical al espacio de esta hoja blanca. De rebelarnos contra el discurso de los blancos, el lugar de acogida, la pobreza de jugar con las piedras y con cabezas de pescado a las muñecas, la ternura de arreglárnoslas cómo sea para no andar en carencia, la desolación de andar descalzos en la tierra mirando los zapatos de los niños colgados de los cables de luz. Entonces, esto no es más que el intento de asir el sentido de este color tan doctor, tan antiséptico. Intento de encontrar la llave perdida, mamá. Los colores nunca pudieron darnos el rastro del retorno, ahora lo comprendo. Y debemos seguir andando, delirando o reinventando la vía en la que gotea intramar. Entonces llega la hora de visita y me envuelvo en las sábanas, me hago el dormido, no quiero tocar el mundo hoy ni guarecerme en miradas blancas. Me transparento, me quedo dentro…. Ah, madre ¿por qué hablo del blanco desde mi mirar dentro? Quizás solo es tristeza o ganas de irme en ese rio blanco hermoso que me llama y me voy despidiendo y escribo así, sin pensar, juntando las palabras a ver si hacen contacto y se enciende algo dentro y se colorea, mamá.

 

del libro Ejercicios contra el Alzheimer (2018-2019. Inédito)

 

 

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Virginia Beatrhice Benavides Avendaño. Lima, Perú.  Estudió literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Publicó el poemario Esxtrabismo (Chataro Editores, 2003), el poemario objeto Sueños de un bonzo (edición de autor, 2013), el micro poemario aeiou en formato giratorio (Amaru Cartonera, 2015) Recientemente se han publicado dos selecciones de sus poemas: Sienda (Vagón Azul Editores, 2018) y  Zurcido Invisible (Andesgraund Editores. Chile, 2018). Ha publicado en diversas revistas del medio y blogs virtuales. Ha participado en el festival de poesía de Lima, el Festival de poesía transfronterizo Tea Party (Arica-Tacna) y el Festival de Poesía de Chepén. Ha participado en diversos encuentros como ponente, performer y lectora. Actualmente se desempeña como mediadora de lectura para el Ministerio de Educación.