Su propio principio | sobre «El libro de los helechos» de Marcelo Rizzi

El libro de los helechos (Barnacle, 2018) es un tardío recetario aforístico destinado a una práctica olvidada. Nos enseña que la práctica de la poesía tiene que reducirse hoy a una especie de ritual sin mito, que no tiene otra materia que los residuos de un mundo envilecido, otro objeto que la espera de una forma improbable, otra razón que la incertidumbre de su propia esencia, otro testimonio que la ofrenda de su propia disolución.

Es todo lo que tenemos para decir del libro de Marcelo Rizzi. Ahora bien, ¿qué quiere decir? En primer lugar que el libro, un libro de poemas, hay que tenerlo presente, es en efecto un manual de máximas, aforismos o sentencias, no distingamos entre ellos por el momento, de recetas, un poco al modo de los libros de la tradición médica de la antigüedad. El carácter imperativo, pero suavizado por el tono de consejo, está señalado ya desde el epígrafe: “Reducid a cenizas un helecho, disolved esas cenizas en agua pura y haced que se evapore la solución. Nos quedarán unos bellos cristales que tienen la forma de una hoja de helecho”. El texto, se nos informa, está extraído de una obra de principios del siglo XVIII perteneciente al Abate Pierre Lorrain de Vallemont. Leído así, arrancado de su contexto, el fragmento adquiere un carácter menos científico que alquímico, menos experimental que iniciático. Y en ese registro, en ese tono están escritos los poemas que siguen. Ciertamente, las proposiciones, las prescripciones, las recetas, rozan a menudo lo absurdo, al menos lo paradójico, como si obedecieran a una doctrina perdida, una sabiduría olvidada, una práctica desusada por siglos. Que esa práctica es la poesía está sugerido por el epígrafe mismo. El experimento que en él se nos propone no es en definitiva otra cosa que la sublimación en la forma pura de un desecho, una materia reducida a cenizas. Conviene, pues, atender más de cerca a esta idea de la poesía.

La materia de la poesía es el residuo, la ceniza. Lo que los poemas llaman a veces el mundo envejecido, éste, este mundo envejecido que es el nuestro. La vejez no sólo es cuestión de tiempo. La vejez trae la negligencia, el abandono, el desorden al mundo. Dislocación de los astros, confusión de las causas y los efectos, dispersión y autonomía de las partes, los fragmentos… Cada cosa se vuelve su propio principio, se dice, es decir, falta el principio que lo ordene todo, que constituya el orden. La imagen última de esa dispersión sin unidad detrás de todos los discursos que intentan darle una substancia es la ceniza de la que habla el epígrafe. La ceniza es lo que queda de lo que alguna vez fue, es el fue mismo imposiblemente presente como tal. Sin embargo no basta con la ceniza para saber qué fue lo que fue. Hace tiempo hay desacuerdo entre llama y ceniza, dice un poema. Es preciso operar sobre la ceniza, o mejor, aunque quizá se trate de lo mismo, es preciso elegir el punto de vista de la ceniza, convertirse en la consciencia de las ropas fuera de uso, como dice otro poema. Es el principio del anacronismo que practica la poesía. El recurso del signum sectionis, la doble ese enlazada al comienzo de cada poema o párrafo, el uso aparentemente arbitrario de formas sintácticas arcaicas, regidas por el imperativo y el infinitivo, el estilo sentencioso, aun el léxico, el gusto por las palabras bellas y desusadas que adquieren el valor de amuletos (alcanfor, impluvio, alféizar, litera, glauco, o aun, por el contexto, mortero o changarín) constituyen menos un gesto de anticuario que el procedimiento de esa consciencia, la afirmación de la ceniza como ceniza para interrogar allí el estatuto de una llama si no pasada todavía por venir.

Pero si la materia de la poesía es la ceniza, el residuo, su forma es el cristal. El cristal es la forma del residuo. Pero la forma del residuo no es otra cosa que el residuo de un residuo, el residuo de la disolución del residuo. Es la vanidad de la forma, la vanidad de la belleza de la forma. Tal vez no nos libraremos nunca, quizá no querramos librarnos nunca del amor de la forma y de la belleza, pero de su vanidad sólo nos libramos no reduciendo la poesía a la forma, no poniendo a la belleza como fin de la poesía. Elevar el residuo a forma no significa hacer del residuo el medio de un fin sino de la formalización una práctica sin fin, puesto que la forma misma, en cuanto forma residual, cae fuera de todo fin. La poesía es pues una práctica, pero una práctica que no es en sentido estricto ni una poiesis ni una praxis, es decir que ni tiene por fin un objeto exterior a su propio hacer (los poemas hablan, en tal sentido, de instrumentos que no sirven para el fin previsto o cuyo fin permanece desconocido) ni tiene su fin en sí misma, es ella misma su propio fin (la práctica de la poesía, en efecto, no hace a aquél que la hace sino que lo convierte en fantasma de un hacer él mismo fantasmal). La práctica de la poesía, esa práctica que la poesía es y fuera de la que no es nada, es una práctica sin realización para una realización sin práctica. Esta afirmación, seguramente inesperada aquí, pues suena demasiado a zen, un pensamiento del todo ajeno a este libro, se justifica si atendemos a algunos pasajes, algunos ejemplos, casi alegorías, que entendemos decisivos. La práctica es comparada a un andar en la vigilia cuyo fin es alcanzar el sueño, es decir, es una práctica que quiebra la relación de medios y fines pero quizá a favor de una continuidad inconcebible que pone el fin en los medios mismos. O bien la práctica es concebida como un ascender por una escalera sin peldaños, es decir, como un camino sin método, o más precisamente, como un andar improbable por un camino impracticable. O bien, en fin, la práctica es caracterizada como un avanzar de a poco y de costado, en sentido oblicuo, es decir, como un hacer guiado por un fin desviado y que desvía de toda consecución, de manera que el hacer permanece esencialmente como prueba, tentativa, pero tentativa de nada, de su propio hacer, y en tal sentido cumplido en su esencia. Hacer para hacer, hacer sin hacer, éste es el sentido último de la práctica poética. Se entiende, de una práctica que responde a la exigencia de un arte envejecido, a tal punto envejecido que no sólo ha sido declarado estéticamente muerto sino que ha aprendido a sobrevivir en los discursos, en los clichés, más bien, pronunciados profusamente acerca de su muerte. Si el arte ha muerto, si es cosa del pasado, como se ha dicho ya hace mucho, entonces lo que queda, su resto, de ningún modo será un comentario irónico o nostálgico de lo que fue ni la ilusión de un comienzo puro, de una mañana limpia de memoria, sino precisamente una práctica, un interludio, quizá, entre la despedida de lo que no acaba de irse y la esperanza de una venida improbable. De esa música, de esa práctica entre la enmudecida música de las esferas y el anhelado acorde de tónica de sus ecos inanes, El libro de los helechos propone, también, un ejemplo, que es como el del ejercicio que sólo se promete a sí mismo. “Quien obra en construcción”, dice,

impone a los astros
una nueva conjunción:
cuerpos morados y celestes,
alineados, para que se oiga
un lábil y sordo rumor,
un chasquido como de cadena
que recién se ha engrasado.

Poemas

§

quien obra en construcción
cumple plazos diarios,
alcanza metas provisorias,
respeta los planos con honor;
son silenciosos los llamados de emergencia,
los que ponen en marcha
la maquinaria usual de los pies;
se viste siempre la ropa
más imprudente,
y aunque la paz de la lectura
bajo los puentes rechaza
todo posible regreso a la casa,
impone a los astros
una nueva conjunción:
cuerpos morados y celestes,
alineados, para que se oiga
un lábil y sordo rumor,
un chasquido como de cadena
que recién se ha engrasado

 

§
mirar el río desde dentro
es como caminar por las paredes
de una esfera; te tomará desprevenido
cuando ocurra lo inminente:
su demora habitual será por fin
localizable y medible —quizá
no haya sido jamás sino un efecto
de lo inagotable: la moral del agua
que horadaba esa vanidad en fuga,
la puerta hace siglos dejada
entreabierta

§
solía detenerme a recoger
del suelo las cosas que brillaban
—un pendiente olvidado, una moneda,
la hebilla de un cinturón—;
ponía edad a la memoria
y el pasado se volvía remoto
hasta el día de ayer;
hoy sólo observo al pasar
viejas casas rodeadas de nieve
y de cierzos; busco en lo oscuro
los motivos del claro,
en lo claro las razones del humo,
y en sus frutos lo amargo;
la suspensión —de momento—
de toda variante del alma,
como en el aire lo hacen
las últimas grullas de invierno

 

por Sergio Cueto

 

 

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Sergio Cueto (Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina,1960). Es Licenciado y Profesor en Letras y trabaja en las cátedras de Literatura Europea II y Literatura Contemporánea de la Facultad de Humanidades y Artes (Universidad Nacional de Rosario). Es autor de: Seis estudios girrianos (Blanchot), El ejercicio de la paciencia (Beatriz Vitervo), Versiones del humor, Tres estudios (Dante-Baudelaire-Eliot) (Beatriz Vitervo), Otras versiones del humor y una versión de la Poesía sacra de John Donne(Beatriz Vitervo), Kafka. Una construcción (Serapis), y Cinco retratos (Municipalidad de Córdoba), libro por el que obtuvo el premio provincial de ensayo Juan Álvarez (Santa Fe, Argentina).

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 Marcelo Rizzi (Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina,1961) Estudió Historia y Filosofía en la Universidad Nacional de Rosario. Es poeta, traductor y diseñador gráfico. Ha sido traducido al inglés y al italiano. Publicó: La destrucción (poesíaargentina.com, 2014), La isla de los perros (Alción, 2009), Casa incompleta (Editorial Municipal de Rosario, 2007) Sinopie (Melusina, 2003) y El comienzo oblicuo de todo desorden (Debolsillo, Barcelona, 2001).