Muestra poética | Francisco Layna Ranz (1958)

 

HA SONADO UN DISPARO EN EL INTERIOR DE TUS OJOS

A Elia, en el día que conoció la
falsedad de la Epifanía

Ha sonado un disparo en el interior de tus ojos.
Me abrazas a manos llenas y me pides ayuda con lo que no entiendes. Tú en mis hombros, yo por todas partes en la somnolencia tuya.
Las aves mudan la pluma y los galápagos mueren.
Se hace lugar en el mapa lo que antes era arcilla, almagre, cuarzo, terrón de brusca tierra.
Has crecido.
De regreso el volatinero trae noticias del envés. Allí es martes cuando aquí es invierno, y la luna es rectángula y bisiesta, y los que andan mano sobre mano deciden las costumbres y el nombre de los que la habitan. No te creas: se hacen de nuevas los tunantes para variar cada dos por tres.
De su brazo viene también, ¡mierda!, la besucona inútil con su abominable, odiosa colección de sapos viejos que en sapos se quedaron.
Atiende: así es, no te sientas peor de lo que yo me siento.
Más pronto que tarde llegarán otros más,
y llegarán los que te pidan cuentas. ¿Comprendes bien lo que te digo?
Y algún día alguno te dirá que todo esto es marear la perdiz,
enredos y embustes y desvíos de la estricta posteridad.
Mecer es un verbo de la segunda conjugación: solo está en mantillas aquello que apenas ha sido.
Hago café, escucho la radio: princesas imputadas y tormentas al final de la tarde. Tengo que recoger este desorden, o al menos redesordenarlo…
Así será, vendrán esos heraldos blancos y será de rigor el precinto conmigo dentro.

 

del libro Y una sospecha, como un dedo

 

VAN Y REGRESAN AL CANALÓN

Van y regresan al canalón. Una vez y una vez más, lamiendo los balaústres de la plaza.
Quisieran estrellarse contra cualquier obstáculo.
Acaparan el atrio, chirrían y se precipitan volátiles.
La fragilidad de la tarde queda sometida a sus dominios.
Los vencejos si paran, mueren.
Mueren la primera vez que tocan suelo, y lo hacen como un Cristo sin cruz.
Discrepo: lo que está quieto, es, y es porque el conato es una propensión, un esfuerzo. Nada más.
Pero por el hallazgo actúo, y en el proceso quedan los errores puntuales, como se deja huella, escuela, heredad, acento en un deseo de permanecer.
Aunque no se haya llegado, tal vez no sea mala idea deshacer equipajes.
La escatología cristiana está demasiado pendiente del futuro. Todo queda aplazado, en trámite de un juicio ulterior. La perfección es una expectativa.
En lo provisional también hay etapas. ¿O no es así? ¿No las hay en la plenitud? ¿Lo completo no tiene partes?
No obedece a ningún designio que algo suceda y algo no. Una cosa ocurre en vez de otra. Eso es todo.
Ha sucedido.
Igual que la escritura, que solo es posible una vez escrita.
Por eso Platón la identificó con la muerte.
El escrito siempre yace, como cuerpo.
El participio, si es pasivo, descifra el mundo.
Y yo leo ahora que alguien cuelga la péñola en la espetera, y cierra el libro con un ”vale”, palabra de plegaria para el difunto.
La escritura sepulta.
Ha tocado el suelo, y ya es, ya es para que en mis manos sea, en estas manos y en este hoy, de nuevo, otra vez, una vez y una vez más.
La memoria podrá identificarme, si permanezco en ella.
La salvación podrá ser un eterno estado, pero la inmediatez, lo que en este instante celebran los vencejos, lejos del pavimento, esa inmediatez clausura este poema con un punto y final. Como todo, ha tocado suelo, ha caído y en consecuencia acaba.
Es tu turno.

 

del libro Y una sospecha, como un dedo

 

DESPUÉS DEL PLACER, UNA SOPA DE ALMENDRAS

Después del placer, una sopa de almendras y dos peras de agua.
En ese momento las palabras cuestan,
y entran ganas de preguntarse por la familia lejana.
El tiempo es obstinado con lo consecutivo.
Hubo un día posterior a la caída de Roma. El alimento, la higiene, los consejos para remediar: dos pucheros grandes y que hierva la mugre.
En la oscuridad del refugio alguien se descalza. Lo momentáneo alivia y satisface. Iban a fusilarlo una madrugada entre lloviznas y ladridos, y estornudó con estrépito. Jesús bendito, salud y fuego. Sus nietos recuerdan que hacía jaulas para pájaros y chisqueros.
Las palabras cuestan porque la sopa se enfría y no sé qué decirte.
Siéntate conmigo bajo esta luz que parece sin intenciones.
No voy a negarlo: las hojas de los calendarios se aburren en vertical, crujen las vigas y ceden los oídos.
Sueño y miel en la voluntad.

 

del libro Espíritu, hueso animal

 

FABIO BONDARINO SILO NOMBRA Y ES NOMBRADO LA NOCHE
DE UN SÁBADO SIN Y GRIEGA

Mascardó las nalgas y sanaperró un flato.
Rió que él también tuviera involuntariedad.
Los lapiceros afilados, misma longitud, aunque escribiera en el qwerty del Mac.
Era sábado por la noche, y olía a panes extranjeros y a cuchillos nuevos, nacionales.
Tocaron al timbre los primeros invitados. Doce en total, todos mancos.
Le dijo Néstor Perlongher que tuviera piedad arisca, marinera.
Raro en mí –pensó- que los nombre uno a uno, según llegan.
Les ofreció, sonrisa de este a oeste, Juan Gil 18 meses (Yecla), mazorcas de maíz marrón y manitas de cerdo. Sonaba Embers, de Robert del Naja y Euan Dickinson. Algunos, los más duchos, comentaban su concierto en México.
¿Y después, a los postres, cuando se sirve el moscato frío? Después les habló de cuando eran niños, y la dentadura era provisional, los dedos y la cara negros de albero y agua estancada y sucia maravilla, requetesucia. Y por orinal el mundo todo, hasta el mismísimo Orinoco.
La culpa fue entrando según el calendario cristiano, desde Adviento hasta la Segunda parte del Tiempo Ordinario.
Sin brazos. En las mangas una elipsis, puntos suspensivos, alguna gruta conducente a la primera palabra… Tal vez una preposición…
Hágase según, entre, tras… Háganse los lunes y las aves del paraíso y el día del juicio final, y la escarcha y también el antibiótico…
Les dijo: la caricia, un sustantivo; la voz, un veneno para el deseo. Yo os daré huellas y la posibilidad de la espada y la despedida. Decidme adiós.
Sanaperró un hipo como hisopo de cardenal y cambió de música al instante.
No lo pensó mucho: Esbjörn Svensson Trío.
Se evaporaron los doce. La casa, por el contrario, se le llenó de galgos. Una delgadez como la punta de sus lapiceros. Vías abandonadas del tren perdido, sus costillas. Por supuesto, Valdés Leal asentiría muy de cerca sin un diente tras los labios.
Huesos, huesos amarillos sobre una Biblia desvencijada.
Le pareció oler a polvo de sacristía y que los galgos, desde el final de sus ojos, observaban su pensamiento, su duración enferma.
Se sentó en el suelo y les habló de los hombres que matan cigüeñas. Les dio carne de ave deshidratada, gluten de maíz y pulpa de remolacha.
Hacía calor. Nada podía hacer por ellos: acariciarles como si fueran a morir, sacrificados por su silencio.
Desaparecían según se quedaban dormidos, un fósforo en la noche última, cuando ya nada ni nadie queda.
¿Y después? Le sonaron a viejas las rodillas. Dos, tres crujidos en el aire concreto, el aviso de que la soledad siempre está llena de seres.
Háganse las preposiciones y las posposiciones, y los números, las escobas, el mazapán y el monte Sinaí. Sea, y lo sea en buena hora, una botella de Libro Siete Las Luces, garnacha de San Martín, Madrid.

Ojos desorbitados, aunque largas las manos. Juliette Gréco, vestida de negro, amantes después de muchísimos febreros. Y un cielo, París esta vez.
Volvieron a tocar a su puerta. No abrió, sanaperrero de las aguas antiguas y otorrinas.
Sonaba su voz escondida tras los muebles, vestida de negro y de cuerpo sin silueta. Se hizo tarde para cualquier diferencia, se hizo y la anomalía se transformó en mariposa podrida, un planeta fugaz y desvalido.
Era sábado por la noche, y olía a panes extranjeros y a cuchillos nuevos, nacionales.
Sean por fin, proclamó, los seres queridos, sus córneas, la paciencia y el tacto.

Decidió abrir. Sam Amidon aconsejaba a gritos pensar lo que se dice.
Tarde para la enmienda: había nombrado el error, inevitablemente.
Estuvieron esperando en la puerta, sus padres esperaron a que Fabio Bondarino abriera. Felices y generosos.
Les hizo café y les leyó este poema, el libro entero.
La noche de un sábado sin y griega.

 

del libro Espíritu, hueso animal

 

PALABRAS ANTIGUAS DE FABIO

Tiene el silencio llena la boca de caracoles muertos.
Es el agüero en forma de susurro.
Sobre la almohada quedan restos del diluvio: son oboes, pestañas, es también un murciélago aún no nacido.
Algo inadecuado sucedió, seguramente cuando a la luz del farol caía la sombra del alma que se fugaba.
Hace siglos en mi tierra los arándonos se dejaban besar.
Hace siglos las golondrinas nacieron con ombligo, calientes como el temblor de una yegua.
Bebieron entonces la leche del abedul, gritaron el júbilo y los minutos de la tarde.
Eso fue cuando el color azul existía. Ahora el silencio tiene la boca llena de girasoles muertos.

 

del libro Tierra impar

 

HOY LLOVERÁ Y NADIE DIRÁ LO CONTRARIO.
A PARTIR DE LA MUERTE DE DOS NATURALEZAS

1

En la oscuridad el número tres es irreconocible por el oído humano.
Ahí, en esa secuencia dispar, la palabra se derrumba, suena cada vez con distinta consonancia.
En cada percusión parece renacer, aunque se sabe que es inútil el menor intento.
Es el número que niega el valor a lo que se cree finalizado, tiene recorrido diferente, es un progreso sin cierre o una manera de cuña en el futuro.

About our pines our sister, wind, is moving, dice John Berryman. Antes de suicidarse bebe tres tragos de ginebra. No es el mar, es la danza de las mulas ciegas. Abandonada, cae una lluvia sin nubes y sin nombre designado. Absolutamente cierto, pues retumba cada vez con distinta consonancia.

En el interior del sucio Lincoln Continental las manzanas agonizan sin que nadie las oiga. Mueren al mismo tiempo.
Nunca, nunca ha sido la muerte la madre de la belleza. Acaso la perla repentina cuando las manos hendieron el poema.

Por ejemplo, el sonido que aparece en los ojos del cuervo al examinar tu nacimiento. O cuando al unísono, en un único continente, se manifiestan los tres estados de la materia.

¿Por qué hoy resuena diferente si son los mismos los que mueren?

Se arroja desde el puente de la Avenida Washington en Minneapolis, Minnesota. Enero es, a esa hora, una posibilidad de paisaje y de pensamiento. Sostiene un sombrero negro en la mano izquierda, en la derecha una botella vacía de Bols.
2
La cellisca nos golpea la cara. Regresemos antes de que el viento nos cause algún daño. Pero su hermana Toshiko quiere lastimarse las mejillas: acidez y frío en las agujas aciculares de los pinos.

Una garza helada espanta a los demás pájaros.

¡Qué buen espíritu es este! exclama Miyazawa. Quiere pasear entre las verdísimas lanzas del arroz. En su pecho también habitan dos almas.

Su hermana muere en noviembre de 1922.
Él, once años después. A la una y media de la tarde.

Bebe agua antes de morir, y muere esperanzado de que el viento de nuevo lo reconozca.

 

del libro Tierra impar

 

En una sala 36 personas se besan, indistintamente.
La música, tenue y celeste, se desliza entre zapatos, bolsillos y espaldas.
Los más tímidos son los más buscados. Tienen la boca dominada por el horario, eso comentan los que conocen el sustantivo pertinente.
Se estremecen los tímidos y una enorme grieta se impone en la voz, en la interjección que les delata.
Es obligatorio tener los ojos abiertos, conocer el nombre de todos,
biografía, temor, orgullo, traiciones.
Prohibidas las sonrisas.
Prohibidas las palabras de ánimo.
Prohibidas las consonantes, el rastro que dejan, el descanso.
Toda la noche, desde la aurora boreal a la tormenta única y exclusiva para una única y exclusiva araña.
36 genealogías con la boca interrumpida por el tiempo.
Los segundos han muertos. Los minutos mantienen su posición, resisten.
Puedo oír cómo se acerca la tormenta.
Los árboles observan, se avisan unos a otros.
Puedo oír la sien del tímido.
También el cansancio de los escépticos, su repentina sed.
Así sucede, cuenta el relato, hasta que alguien, poca voz, poca garganta, dice: “reconozco mi error en tu respiración. Ahí viven los números abandonados y las escaleras que solo suben. Salgamos de esta noche”.

 

poema de libro inédito

 

 

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Francisco Layna Ranz es profesor en varias universidades norteamericanas desde hace más de veinte años. Tiene una dilatada experiencia en la crítica académica, tres libros sobre literatura medieval, del Siglo de Oro  y de Cervantes, y decenas de artículos publicados en España, Alemania, Francia, México, Estados Unidos, Inglaterra… Co-dirige la revista eHumanista/Cervantes de la Universidad de California, Santa Bárbara. Dirige la editorial de poesía Ay del seis. Tiene tres libros de poesía: Y una sospecha, como un dedo. Madrid: Amargord, 2016. Espíritu, hueso animal. Santiago de Chile / Barcelona: RIL, 2017. Tierra impar. Santiago de Chile / Barcelona: RIL, 2018. En esta breve antología presenta algún poema de su cuarto libro (en curso), Oración en 17 años. Santiago de Chile / Barcelona: RIL, 2017.