Pøemas de «La arquitectura de las colmenas» de Raquel Ramírez de Arellano

 

LA CUADRÍCULA ROJA

Un día el corazón deja de ser tratado por el Rey como un Primer Ministro.
La autocracia ejerce de mentira sobre la opinión pública del pensamiento.
La nieve se derrite y un petirrojo da la voz de alarma:
¡Poetas: suban por la escalera hacia el templo de los botones,
desgraciadamente, no queda ni un penique en el bolsillo de los zapatos!
Un día amanece como todas las noches y pateas la cara del dinosaurio del agua que trabaja de alfarero con la arcilla caduca de los océanos.
La vitamina J de la sonrisa se fotografía con los mesoneros galácticos de las tabernas
y los fruteros se llenan de bolsitas de almendras para la cena,
las habitaciones se llenan de interruptores encendidos a media asta
y los salones se llenan de bombillas blancas que arrancan el sol del interior de las lámparas.
Un día como este Dios se toma la justicia por su mano y se tiende sobre tu cama con el desparpajo de un dócil habitante
que balancea con calmosa habilidad el rumor de las fuentes
y con la desnudez de las mariposas descalzas, hijas de la armonía,
fulmina con el cielo de los labios la inercia del despliegue de tus alas
y te besa arrodillado contra el suelo incapaz de volar mientras paga el alquiler de una casa de citas por entrar victorioso en el Olimpo.

 

LA EDAD DEL BOSQUE

Él empezó a traducir la voz del viento en la herradura de su pelo y ya no existió más.
Sólo 365 árboles y una manzana: letras que callaban nombres en el rugido opaco de una amapola.
La vida iba cayendo despacio, como cae la nieve sobre el Gore-Tex de los alpinistas o deprisa como la melancolía atrapa los lugares soñados a los que nunca llegan bailarinas.
El reloj es sólo una termita de besos alojada en el bolsillo de la muñeca, una dama de Flandes sin depilar, un boceto que merienda carboncillo con agua.
Carboncillo con agua, el tacto de la dorada planicie donde residen mansas las ideas
lo que no palpita con la urgencia del gramófono, del aire que avisa a las metáforas
cuando tocan a la puerta del pecho resbaladizo de los ángeles.
Tampoco la Constitución ordenaba su paso de Semana Santa para las azucenas y los lirios,
ni la Tercera República indómita regaba la espera de la primavera como un paraguas o un libro
cuajados de agujeros celestes y cromos en la colección de la epifanía del amor.
El tacto era la ausencia y el letargo.
Vacío el edredón. Vacía la risa. Vacío el vaso de la correspondencia.
La unión del significado y el significante, Señor Ferdinand de Saussure,
ha asesinado al signo lingüístico del deseo en la estructura- lista escuela de Ginebra.
22 de febrero de 1913, descanse en paz el carboncillo con agua.

 

CAOS ALÉRGICO

Las cloacas de la noche se abren, los rinocerontes lanzan confeti.
Los mercaderes de los sueños juegan la final de la Eurocopa.
Los editores del reloj no saben desde qué córner se lanzarán los últimos minutos que le restan al deseo.
Bajan de la mano por la escalera de caracol, recogen del huerto de la dicha los frutos de la mentira: la prensa, el desliz fonético, el alarido del príncipe del esparadrapo sordo, el juez de los apellidos.
La medicina oriental alimenta su ego con hierbas de mistela, dulce como la prisa de los encadenados que chocan sus tobillos contra el eco mudo y recogen despacio la leña para plantar el calor de los orígenes.
En el interior de las alcantarillas ya no se lleva la corbata al tinte, todo apesta.
Las lectoras manosean las páginas al borde del mar, dentro de una barca con piel para caníbales.
Sobre las pistas de patinaje sobre hierba se ensayan reflexiones de esto y aquello:
discursos que dejan absortos a todos los muertos de las catacumbas refrigerados en nichos de licra.
En la televisión piden ánimo a los cuatro horizontes de los desaparecidos, su madre y su hija sin cobertura en Memphis.
–La poesía no es un juego. –Debí haber pintado estatuas de carrerilla o escribir novelas eróticas para caimanes. ¡Trágame tierra, por el acantilado!
No quiero salir de la cama hasta machacar al púgil invicto con anteojos, es decir: el amor, con sus adornitos, sus estrellas y sus pliegues ahorcados de nostalgia, pan para el hambre.
Llévame lejos antes de que Egas Moniz salga de la cárcel y venda barbitúricos para la esquizofrenia o me practique gratis una lobotomía.

 

CELOSÍAS

Tengo una hendidura. Del tamaño de un amanecer. En Hyams Beach, la playa blanca de Australia. No lo sabe na- die. Es invisible. Yo misma me enteré ayer en la consulta de un médico chino nacido en Madrid.
Parece que la vida tiene una garantía de dos años. Si portas una caja blindada en mitad del pecho. Hasta que llega un ciego con su lupa. Te canta los lunares. Descubres que el agujero ha sido desvalijado. Tus pertenencias descansan en cualquier nave. En cualquier polígono industrial de la zona Este de cualquier jungla.
Cada vez que un fariseo transita por el hueco. Una nueva esquirla de nocturnidad se suma al desastre: Caperucita, el lobo, la música del flautista de Hamelin. Las castañas de oro en su cesta se ponen de acuerdo para silbarme.
Pienso poner una demanda en los juzgados de la niebla a todos los terapeutas que vengan a cantarme la verdad. A todos los que dejaron morir a la hija de Rejzla Bromiker después de haber paseado el palmito por la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.
Son las dos y treinta y ocho minutos en el mes de enero de la tormenta. La herida sigue bailándole el agua a la pintura acrílica.
Trabajar con la levedad, como Andy Goldsworthy es un caso extraño de sensibilidad exacerbada. ¿Dónde se ha visto a un hombre esculpiendo un catálogo de besos con varitas de hielo que crecen en las acículas de una isla? ¿Un aguje- ro para salmones? ¿Una cúpula de aire acondicionado para malabaristas? Tengo un socavón que vive apaciguado en el agonizante vacío de la nada, Shoá o exterminio de las únicas vías por las que podría circular el vértigo en forma de casi ningún nombre, que ya sería algo, acaso las rápidas hélices del otoño. Una grieta redonda y blanca que se parece, inevitablemente, al Libro del frío.

 

PALABRA SOLA

El poeta, como una puta, debe ser capaz de acostarse con cualquier palabra
Vladimir Maiakovsky

La soledad es un gorro de piscina clavado en la cabeza de una oca, un parche que emite silbidos en los labios pintados de un ángel homófobo, rodajas de sandía azul plantada en mitad de la hierba, la whiskería que cierra los domingos y llena de nubes el aire en las cárceles de las fulanas.
La soledad es un dedo amputado por una madre en mitad del corazón, la barra de pan de los dentistas y el comunismo del invierno, el ángulo recto de la injusticia que recorre en cohete un mar de pergamino.
La soledad es ajena al pueblo y balancea su sed como un animal salvaje, es ocre como los encapuchados y se fuma de una calada la multiplicación de los opiáceos. La soledad es un verso de Maiakovsky antes de pegarse un tiro a bocajarro en los labios abiertos de Lili Brik. Ciudad de Moscú.

 

del libro La arquitectura de las colmenas
(X premio de poesía Blas de Otero Villa de Bilbao)

 

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Raquel Ramírez de Arellano nace en Madrid, el 6 de septiembre de 1975. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, ejerce desde el año 2000 como Profesora de Lengua castellana y Literatura en Educación Secundaria, en la Comunidad de Madrid. Ha impartido talleres literarios en Centros Culturales y asociaciones vecinales del Municipio de Leganés. En la actualidad coordina el Seminario de Literatura Infantil y Juvenil Ana Pelegrín de Acción Educativa, Movimiento de Renovación Pedagógica en el que participa activamente. También coordina el ciclo “Raros en la Biblioteca” que acoge a autores, ilustradores y otras personalidades pertenecientes al mundo de la cultura y la educación, en el CEIP Trabenco de Leganés.