El demonio se sirvió de los hombres para mirarle las entrañas | Clyo Mendoza

 

 

b)
La pusieron en la celda alrededor de las cuatro de la mañana. Había sido un día largo, necesitaba respirar, necesitaba respirar, jalar el aire con sus grumos, consolarse pensando en la espesura del odio.
Qué estaría soñando él a las cuatro de la mañana. En dónde estaría dormido, con qué respiración tan suave estaría durmiendo y sobre quién mientras ella era enviada a la celda donde caían todos los criminales recientes a espera de que alguien los salvara.
Antes de entrar, los licenciados le habían intentado quitar todas sus cosas. –De nada te van a servir estas cosas allá adentro, sólo van a darles ganas de apuñalarte por ellas.– Pero Ofelia decidió conservarlas. De todas formas ya qué, ese era el más negro de los bosques y todo estaba en llamas. Ella misma se había entregado días antes a su orfandad, se dejó cegar por la explosión, se arrancó el hueco del ombligo.
Saciada, enceguecida, Ofelia durmió un minuto en blanco, piedra nocturna, piedra sola.

 

c)
Lo encontraron detrás de los cafetos. Siempre desde la escuela escuchaban que había un arroyo cerca. Estaba ahí, por fin, y el agua podía beberse. Ofelia pensó mucho tiempo que eso era lo que su padre nombraba crisálida: un venero de agua bebible.
A mitad del arroyo había un islote del que se sostenía el Árbol de la bruja. Así lo nombraron las niñas, porque era un helecho gigante y tenía vellos negros y oscuros en toda su corteza. El helecho arborescente se abría de noche. Algunas veces Ofelia iba a verlo cuando no podía dormir para recostar su rostro en su textura de lengua.
Eso recordaba Ofelia con los ojos cerrados mientras dos hombres se paraban frente a ella a mirarla pensando que dormía. Abrió los ojos de súbito, tenía miedo. Ojalá pudiera desprenderse de la ideal del final, ojalá pudiera olvidar la sensación de muerte pero las flautas de los muertos seguían soplando. Ofelia no se movió, los miró a los ojos. Qué quieren, no tengo nada. Un señor con collarín que orinaba en un pocillo del otro lado de la celda (a dos metros de Ofelia) se volvió hacia ellos. Dejen a la muchacha, hijos. Ya tiene mucho con estar aquí. Pero uno de ellos se acercó y se paró con los genitales muy cerca de su cabeza. El hombre del collarín caminó al cristal de la celda para llamar a alguien. Nadie. A esa hora los licenciados del turno matutino apenas se estaban despabilando. Sólo había uno, que corría de una oficina a otra llevando papeles.
Nadie miraba hacia ese lado, no existía ese lugar ni esa paria pasajera.

 

del libro Anamnesis (2016)

 

 

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Clyo Mendoza nació en Oaxaca, México en 1993. Ha sido becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (2015-2016) y fue merecedora del Premio Internacional Sor Juana Inés (2017) y de la residencia de la Fundación Antonio Gala, en Córdoba, España. Es autora del libro Anamnesis (Cuadrivio, 2016) y Silencio, su segundo libro, se encuentra en proceso de edición.