Muestra poética | Marge Piercy (1936)

 

¿DE QUÉ ESTÁN HECHAS LAS CHICAS GRANDES?

La construcción de una mujer:
una mujer no está hecha de carne,
de hueso y nervio,
de vientre, pechos, hígado, codos y dedos de los pies.
Se manufactura como un auto deportivo.
Se remodela, reajusta y rediseña
todas las décadas.

Cecilia en la universidad había sido la seducción misma.
Se retorcía entre las barras como una anguila de seda,
con las caderas y el culo que eran una promesa, y la boca
fruncida con el labial rojo oscuro del deseo.

Nos visitó en el 68 y todavía usaba pollera
ajustada hasta la rodilla y el mismo labial rojo oscuro,
mientras yo bailaba por Manhattan en minifalda
con los labios pálidos como leche de damasco,
y el pelo suelto como las crines de una yegua. Oh, queridas,
¿Me creí superior en ese momento,
le pasara lo que le pasara a la pobre Cecilia?
Ella ya estaba fuera de moda, fuera de juego,
descalificada, desdeñada, des-
membrada del club del deseo.

Miren las fotos de las revistas de moda
francesas del siglo XVIII:
el siglo de la última fantasía para damas
forjada en seda y corsés.
El miriñaque les corría la cadera un metro
para cada lado, la cintura apretada,
la panza comprimida por las maderas.
Los pechos con relleno abajo y a los costados
servidos como manzanas en un bol.
El piecito preso en una zapatilla que
jamás fue pensada para caminar.
Y arriba de todo un colosal dolor de cabeza:
el pelo como pieza de museo, ornamentado
a diario con cintas, grutas y floreros,
montañas y fragatas en plena
navegación, globos y lobos, al capricho
de un peluquero desatado.
Los sombreros eran tortas de casamiento rococó
que le hubieran hecho sombra al Strip de Las Vegas.
He aquí a una mujer en forma
con el exoesqueleto torturándole la carne:
una mujer hecha de dolor.

¡Y ahora qué superiores somos! Miren a la mujer
moderna:
delgada como cuchilla de tijera.
Corre todas las mañanas en una cinta,
se mete a gruñir y a tironear
en una máquina de pesas y poleas,
con una imagen en mente a la que nunca
se podrá aproximar, un cuerpo de vidrio
rosa que nunca se arruga,
nunca crece, nunca desaparece. Se sienta
a la mesa y cierra los ojos a la comida
con hambre, siempre con hambre:
una mujer hecha de dolor.

Un perro o un gato se acercan,
se huelen el hocico. Se olfatean el culo.
Se gruñen o se lamen. Se enamoran
tan seguido como nosotras,
y con la misma pasión. Pero ellos se enamoran
o se apasionan a pelo,
sin miriñaque ni corpiño con push up
sin extirparse una costilla ni hacerse liposucción.
No es para los perros, ni machos ni hembras,
que los caniches se podan
como macizos topiarios.

Si solamente pudiéramos gustarnos en bruto los unos a los otros.
Si solamente pudiéramos querernos a nosotras mismas
como queremos a un bebé que nos balbucea en los brazos.
Si no nos programaran y
nos reprogramaran
para necesitar lo que nos venden.
¿Por qué íbamos a querer vivir en una propaganda?
¿Por qué íbamos a querer flagelarnos las blanduras
hasta hacerlas líneas rectas como un cuadro de Mondrian?
¿Por qué nos íbamos a castigar con el desprecio,
como si tener grande el culo
fuera peor que la codicia o la maldad?

¿Cuándo vamos a dejar las mujeres de estar obligadas
a ver nuestros cuerpos como experimentos de ciencias,
como jardines que hay que desmalezar
como perros que hay que domesticar?
¿Cuándo una mujer va a dejar
de estar hecha de dolor?

 

LAS IMPLICANCIAS DEL UNO MÁS UNO

A veces colisionamos, placas tectónicas que se funden,
continentes que empujan y se derrumban en las venas
de fuego derretido del centro de la tierra y hacen saltar
montones de rocas hasta las crestas dentadas de la Sierra.

A veces tus manos van a la deriva, caricias de la
punta de un ala como el penacho sedoso de la asclepia,
y nuestros labios pacen y una corriente de deseos se congrega
como la bruma sobre el calor del agua hasta que se hace lluvia.

A veces con fervor vamos cavando y
excavando, gruñendo y arrojando las sábanas
como si fueran tierra suelta, metiendo la nariz caliente
en la carne del otro y revolcándonos.

A veces somos dos chicos besuqueándonos como tontos
sobre la manta, haciéndonos cosquillas en el xilofón de la columna
y chistes sucios, a gritos, como un pijama party entero
que salta y rebota hasta partir la cama en dos.

Te doy vueltas y vueltas alrededor otras veces, explorando
a los tumbos, buscando una salida del laberinto de los bojes altos
en el que entro corriendo con los pulmones a punto de
reventar, rumbo a la fuente de fuego verde del corazón.

A veces te abrís de par en par como las puertas de una catedral
y me empujás adentro. A veces te deslizás
dentro de mí como una víbora en su nido.
Y a veces entrás marchando con una banda de bronces.

Diez años de encastrar cuerpo con cuerpo
y todavía entonan cantos salvajes en nuevos tonos.
Es más y menos que el amor: es ritmo,
química, magia, voluntad, y suerte.

Uno más uno es igual a uno, no se puede saber si no es
en el momento, no se traduce en palabras,
no es explicable ni filosóficamente relevante.
Pero es. Y es. Y es. Amén.

 

MUÑECA BARBIE

Esta nena nació como se suele nacer,
le ofrecieron muñecas que hacen pipí,
planchas, cocinas BGH en miniatura y
lápices labiales diminutos de color caramelo de cereza.
Después, en la magia de la pubertad, una compañera dijo:
Tenés la nariz muy grande y las piernas gordas.

Ella era sana, probadamente inteligente,
tenía espalda y brazos fuertes,
abundante instinto sexual y destreza manual.
Anduvo de acá para allá pidiendo disculpas.
Todos veían una nariz grande sobre dos piernas gordas.

Le aconsejaron que se hiciera la tímida,
la exhortaron a volverse simpática,
a hacer ejercicio y dieta, a sonreír y engatusar.
Como la correa de un ventilador, así
se le gastó el buen humor.
Entonces se cortó la nariz y las piernas
y se las ofreció.

La exhibieron en un féretro forrado de seda
maquillada con cosméticos funerarios,
una naricita respingada,
un camisón rosa y blanco.
¿No está preciosa?, dijeron todos.
¡La consumación, era hora!
A toda mujer le llega su final feliz.

 

LA CANCIÓN DEL GATO

Mía, dice el gato, sacando una pata de la oscuridad.
Mi amante, mi amiga, mi esclava, mi juguete, dice
el gato, haciéndote en el pecho el gesto de exprimir
la leche de las tetas olvidadas de la madre.

Vamos a caminar al bosque, dice el gato.
Voy a enseñarte a leer el diario de los aromas,
a desaparecer entre las sombras, a esperar como espera una trampa, a cazar.
Te dejo este ratón calentito en la alfombra.

Vos me alimentás, yo trato de alimentarte, dice el gato,
para eso somos amigos, aunque yo sea más imparcial.
¿Podés saltar veinte veces lo que mide tu cuerpo?
¿Podés subir y bajar corriendo de un árbol? ¿Y saltar entre los techos?

Vamos a frotarnos y a hablar de las caricias.
Tengo emociones puras como cristales de sal, e igual de duras.
Como mis ojos, relucen mis lujurias. A la mañana te canto
dando vueltas y vueltas por tu cama y por tu cara.

Vení, voy a enseñarte a bailar con tanta naturalidad
como dormir o caminar o estirarte largo, largo.
Con los bigotes hablo del miedo, y del orgullo con las garras.
La envidia me agita la cola. El amor me habla entero: una palabra

hecha de pelos. Te voy a enseñar a estar quieta como un huevo
y a deslizarte por el pasto como el fantasma del viento.

 

MÁS QUE SUFICIENTE

El primer lirio de junio abre la boca roja.
En el camino de arena por el que vamos,
la rosa multiflora trepa a los árboles y cae
en cascadas de flores blancas o rosas. La escena,
intensa y simple, se deja llevar como la niebla de colores.

La punta de flecha esparce sus racimos
de flores cremosas y las zarzamoras
florecen en los matorrales. La estación de
la alegría para las abejas. El verde nunca más va a
volver a ser tan verde, tan puro, nuevo y

exuberante, el pasto eleva sus inflorescencias
al viento. Vino fresco y rico de junio,
en vos nos internamos tambaleando,
sucios de polen y victoriosos, como la tortuga
que deposita sus huevos al costado de la ruta.

 

PROMESAS DE INVIERNO

Tomates rozagantes como las nalgas perfectas de los bebés,
berenjenas brillosas como guardabarros lustrados,
ajíes impecables de neón violeta
y reluciente, chauchas trepadoras prolíficas
que crecen como el tallo de Jack bajo los efectos del Viagra,
grandes como ruedas de camión, las zinias que el hongo
nunca marchita, las rosas colgadas
de un arbusto que el chancro jamás tocó,
los arbolitos frutales valientes que ladean
sus adornos inmaculados de frutas de vidrio:

estoy acostada en el sofá, cubierta
de catálogos de semillas, queriendo comprar
demasiadas. Por la ventana cae
aguanieve y un viento ribeteado de
cuchillos de hielo se mete por cada hendija.
Miéntanme, mercaderes de jardines:
Quiero creer en todas las promesas,
creer en tomates de dos kilos
y en dalias más brillantes que el sol
que se comió la escarcha hace unos días.

 

traducción de Sandra Toro

 

 

_______________________________________________________

Marge Piercy, nace en Detroit en 1936. Participó activamente en los movimientos en favor de las mujeres, las minorías y contra la guerra del Vietnam. Escritora prolífica, ha publicado más de una docena de novelas. “He, She and It” (1991), “The Longings of Women” (1994), “City of Darkness, City of Lights” (1996). Como poeta, “My Mother’s Body” (1985), “Available Light” (1988), “The Earth Shines Secretly: A Book of Days” (1990) y “Mars and Her Children” . Recientemente ha publicado una colección de poesía “What Are Big Girls Made Of?” (1997).