Miyó Vestrini: apocalíptica y fría

Miyó Vestrini fue una tormenta. Una mujer cuajada, sensible y explosiva, de una inteligencia muy fina que logró ponerla a prueba muchas veces. Su vida, una más, en la fragilidad de este mundo, su poesía: la ebullición de muchas horas a solas y la rabia de sus realidades más sencillas, de lo que tantas veces vio y nunca supo comprender: su reflejo.
Nació en Nimes, Francia, el 27 de abril de 1938 y le dieron por nombre: Marie Jose Fauvelles Ripert y como muchos europeos de las postguerra, ella y su familia se embarcaron en un barco que los trajo a Venezuela sin una brújula, sin fórmulas para lidiar con el destino más próximo. Miyó recibió ese contraste montada en una bicicleta, en las frías callecitas de Betijoque, su primer destino en Venezuela.

La joven siempre fue el volcán que luego asumiría ser con más aplomo en sus años de madurez, pero con las certezas a mano, con la melancolía que dejó en las barandas del barco y con unas ganas ubérrimas de llevarse al mundo con el pecho, así vivió, sin más ataduras que las que ella misma se imponía y sus complejos, aquellos que le hicieron sombra todo el trayecto y quizá los que les condujeron a decisiones tan difíciles.

Aventajada estudiante y rebelde en el colegio, pensó alguna vez ser monja pero la vida seglar le fue más seductora, el ímpetu de la chica afrancesada en la mixtura de una cultura tan contrastante como la del caribe le fue edificando un carácter recio, su bipolaridad cultural siempre estuvo presente en la niñez por la influencia de su madre, pero la joven temprano se dio cuenta que no podía vivir dos vidas y optó por la realidad que le era más próxima y creíble. Esa certeza se la dio un duelo en la que no sacó la mejor parte, pero esa afrenta la situó, al menos en esa época. “Me proclamé betijoqueña, y deseché muy joven ese doble juego de la nacionalidad” diría en una entrevista años más tarde a un diario de la capital.

De modo que el tema del desarraigo jugó un papel determinante en la vida de Vestrini, luego de graduarse de bachiller en el liceo Rafael Rangel de Valera, los Vestrini se mudaron a la ciudad de Maracaibo, ya la joven había encubado el germen de la intelectualidad en sus postreras tardes en las barras literarias y hasta llegar al grupo 40 Grados a la Sombra, más tarde el tan álgido y trágico grupo Apocalipsis para desembocar con el grupo República del Este, en estos Miyó logró asirse al respeto literario, a su fuerza, a su direccionalidad, Salvador Garmendia extrajo de ella este pensamiento: “Maracaibo me cayó encima como un tigre, me abrió de arriba abajo con las uñas. Por eso creo que en esta ciudad solar descubrí la poesía”.
En 1958, cae la dictadura y Miyó se inicia en el periodismo en el Diario de Occidente, bajo la dirección de Ciro Urdaneta. Por esa misma temporada se lía con el grupo literario Apocalipsis, este signaría su vida y la de todos los participantes. Pero la muchacha había descubierto la manera de saldar cuentas con la sociedad que ella siempre había criticado desde todos los flancos: el periodismo, a lo que más tarde diría: “Sí. Me gusta el ruido, me gusta el olor de la redacción de un periódico porque ahí no hay separación de sexos, aunque las mujeres aún no ‘valemos’ al menos ahí es un lugar donde nos preparamos para otros desafíos”.
Así fueron los días acelerados del Diario de Occidente y PANORAMA, “tiempo de pruebas y coitos innombrables”, diría Miyó, al lado de grandes hombres como Hesnor Rivera, Ignacio de la Cruz y Argenis Bravo. Sin embargo, su vida poética la reclamaba, su fina y muy rebelde pluma, impactó a poetas como César David Rincón que la describiría como: ‘Una muchacha insólita’ este le impresionó como siendo tan joven ya dominaba criterios poéticos definidos. Pero para la poeta este fue un tránsito que tal vez la signo en su fatídico final, sus compañeros en el grupo literario tuvieron fatídicos finales: Atilio Storey se inmoló frente a sus hijos y César David terminó alcoholizado; Miyó tampoco escaparía a la maldición del grupo.

Las turbulencias en su espíritu, la descubrió una vez frente a un espejo en un hotel en París, había decidido finar la relación con el dibujante Peppinau del que se había enamorado meses antes y del cual quedó preñada de su hijo Francois. Miyó supo de la separación, de los adobes en el piso para el tropiezo, su hijo se quedaría para siempre con su padre, ella solo lo vio tres veces de adulto, pero esas rupturas tienden a fracturar la vida y ella siempre eligió llamarle a ese episodio como “su territorio más llorado” eso es lo que significa cada hijo para cada madre, las veces que se vieron en París el silencio circundaba sus conversaciones y ella comprendió que había perdido ese enlace esencial entre madre e hijo y esto la atormentó toda la vida.

Aquella situación la llevó a pasar largas horas frente al espejo y en su cuaderno de campo escribió: “En cuanto a la alternativa, yo digo que no ha sido formulada, porque yo no he sido hecha bajo los ojos de los otros, a partir de París y teniendo como base mi fealdad; Boris Vian dijo: Cuando yo digo mujer, digo mujer bonita, ¡Las otras están en un mundo totalmente extraño!”.
Miyó se fue a Caracas. Debajo de esa larga timidez, la quemada que se hizo de niña con agua caliente, su ímpetu y su impío corazón harto de bahareques emocionales. Llegó a la casa de Adriano González y de su mujer: Mary, quien luego sería su grande amiga. Luego de casi año y medio en la página cultural del Diario La República, gana el premio nacional de periodismo, con 29 años y siendo una perfecta desconocida para la capital venezolana se catapulta y Miguel Otero Silva la lleva a El Nacional, “Vestrini fue una excelente periodista, una excelente entrevistadora y una excelente escritora”, aseguraría Otero luego de la muerte de la poeta y periodista, a principios de los años noventa.

En los entreveros periodísticos en 1971, Miyó publicó Historias de Giovanna, su primer poemario, su mundo interior, sus movimientos, sus cavilaciones y tormentos alimentaron la forma de escribir real y definitiva.
Francisco Pérez Perdomo un día le comentó a Vestrini que ella era la única poeta de su generación que había escrito y vivido de la misma manera, muchos escritores de su época pensaron de ella mejor de lo que ella lo creía de sí misma, debajo de todas sus inseguridades, de sus enormes lentes y sus labios pintados modestamente de carmesí, existía una mujer interesantísima. Pero para ella, lidiar con ‘ella’ era un eterno sacrificio, así lo plasmó en algunos poemas de este poemario. Allí también habló de una salida rápida y solvente a sus quejumbres.

La poeta regresó a Caracas el 15 de marzo de 1978, se había marchado de El Nacional para ser jefa de prensa de la cancillería, pasó un año en Italia, pero había dejado cocinando a fuego lento “El invierno próximo” su segundo trabajo poético, del que tenía la concepción de: “Uno tiene un momento en la vida en el que se es completamente libre”, y ese era el de ella. Pero la tristeza ya había hecho un hueco enorme en la vida de Miyó, esa misma noche que regresó llamó a Rodolfo Izaguirre para notificarle que había llegado, le comentó que quería verle y que por favor trajera una pistola. “Si me quieres consígueme una pistola” le increpó, él se lo prometió, años más tarde declararía en una entrevista a la periodista Mariela Díaz, que esa fue la única promesa que no le cumplió a Vestrini.

En 1986 saldría el último poemario de su autoría que vio con vida a Miyó: “Pocas virtudes”, se lo dedicó a Salvador Garmendia y a su esposa por tantos años a bordo. En este libro abre las fauces a la muerte, ya su alcoholismo y su depresión estaban en el zenit de la partitura, se descalabró muchas veces y en el describe uno de sus intentos de suicidio de los siete fatuos. La maldición del grupo Apocalipsis probablemente la persiguió toda la vida, pero eso cerró su episodio la noche del 29 de noviembre de 1991, los golpes nerviosos en la puerta de la casa de los Garmendia confirmarían en el rostro del segundo hijo de la poeta la noticia que pocos quisieron aceptar, Miyó lo había conseguido en su octavo intento, en la puerta de su baño una nota “no entres, llama a tu papá, él sabrá que hacer” el agua sobrando la bañera llegaba a la cocina.

En la mesa de noche dejó el manuscrito de lo que sería su próximo poemario “Valiente ciudadano” en el que adrede escribió los poemas “Zanahoria rallada” y “Testamento”. En el primero se puede leer: “El primer suicidio es único. Siempre te preguntan si fue un accidente o firme propósito de morir”, en el segundo: “¿A quién dejarás tus cosas cuando mueras? No había nada que repartir, salvo mi olor a rancio y la rata; ésa que permaneció hostil y silenciosa hasta que ocurriera”. Miyó Vestrini es considerada una de las mejores poetas y periodistas del país de los últimos tiempos.

César Bracamonte