Muestra poética | Manuel Ramos Otero (1948-1990)

 

DICEN LOS LIBROS inmortales que fue mortal
(mitad mujer maravillosa) La insaciable Moineau.
Uno de los jeroglíficos prohibidos del Urdur
la llama “Ruin Señora de la Playa Perpetua de Anímone”
o “Ruiseñor Ávido del Jugo de la Salamandra
y traza su viaje de la muerte hasta las polvorosas
catacumbas del salitroso islote de San Juan.
Cuando llueve, la erosión del mar inunda
su tumba con caballitos de mar, fetos nómadas
de la ballena blanca y babosas tentáculos de pulpo.
Por ella edificáronse hoteles subterráneos donde se
celebraban fastuosas fiestas a la Falange Criolla
y en más de una ocasión, sus pechos,
tatuados con las negras dalias del destino,
fueron oráculo de espiritistas guerreras
o lunas terrenales de los hombres.
Dicen quel fiel y frágil Borges la conoció en un Barco.

En las ruinas indígenas de Guayanillas nace Marina
Arzola vestida de negro noche sola y racimo de uvas
enmarañando el pelo. Ya conoce la muerte de antemano,
las plazas desoladas de los pueblos. El amante invisible
del poeta. El poema prohibido que nunca escribirá.
Me imagino que rosas y heliotropos eternos en su selva.
Me imagino que no esperaba encontrarse el homenaje
de su rostro en bronce al subir la ciudad del cementerio.
Me imagino que fantasmalmente flaca trataba de parecerse
al trigo, que su nariz de garfio era un ancla al aire,
que siempre la sombra de Marina Arzola tuvo traje de luto.
Hoy habrá regresado por los hilos al centro luminoso de
la araña, como Eva, como Pandora, como la Luna de Cáncer.

Para llegarse al tiempo tienen que retornar los muertos.
Los queridos amigos del infierno tienen que amar el fuego
como nosotros conocemos los colores absurdos de la soledad.
Del cementerio de la Norzagaray ya no hay salida, parece
que es domingo por las lanzas y puñales enmohecidos, por
las caretas del carnaval, por las chiringas de sangre
desgarradas al viento. El mar es un teatro de náufragos.
Las manos achicharran adioses detrás de las persianas,
panderetas de paja para el último sol de los balcones.
Que dicen quel futuro caminará la calle, que dicen que
la gente lo dejará que pase, que otra vez las mujeres
inventarán los dioses y parirán sus sombras, y la frontera
roja caerá mutilando las manos amorosas del mago y el poeta.

 

del libro El libro de la muerte  (1985)

 

SEGÚN EL INFORME DE ACCIDENTE DE TRÁNSITO
Q-1-21-06868
de la policía de Puerto Rico “al atardecer, fuera del paseo
en solar yermo, cayó casi muerto Jesús Ramos Robles…
El Agente Chapman 9 – 1289 tomó fotos… de la mancha de sangre
hasta el borde del carril derecho…” Ya era noche.
La viuda descubriendo el cadáver comentó: “Este cuerpo
que asombró a esta mujer… este cuerpo que ya no tiene miedo”.
Un corifeo de mandrágoras tejiéndole un sudario:
“No conviene que muera cualquier hombre…
el primero que pase con pan hacia el mar…”
Si hablara dijera el profeta de su entierro.

En el encasillado indique lo que sucedió en este diagrama
hay una cruz entrecortada sombra de su propia cruz
hay un círculo con flecha que apunta para el norte
(como si el norte fuera la misma dirección predestinada
de los muertos)
sin que se quiera, hay un bosque fantasma de robles cuyas
ramas se escapan del mapa, hay los rieles de un tren
sin pasajeros.
Es la estación solar de un cementerio yermo frente al mar.
Mientras cavan la tumba, la sirena del barco, la bahía y el sol,
el hombre vigila la brisa, abre la sombrilla, respira la lluvia,
y va reconociendo esa imagen perpetua de tarjeta de postal.

Todos los familiares allegados que descansen.
Un diluvio de flores, un murmullo en silencio,
telegramas y llamadas telefónicas, cables de Western Union,
visitas inesperadas de muy lejos, llorando inevitablemente
la existencia del tiempo, estuvo y ya no está la separación
nos une.
Por la calle de la funeraria la sacerdotisa de Flores de Fuego
deshoja sus dedos de incienso. Dan las campanadas.
Los comensales empiezan su banquete fúnebre.

Los actores ya saben la escena: es la Última Cena de la temporada.

 

del libro El libro de la muerte  (1985)

 

ABERRACIÓN de ceniceros sucios aquí
el hombre es de polvo por el sol
no hay otro masallá que todo es isla
pero se sueñan calles y el poeta es
de polvo por la luna.

Hambre de muelles pero se van los barcos.
No hay otro masallá que todo es mar.
El único remedio para la muerte.
Pero todos se van. Cuando llega una carta
hasta el balcón de la Norzagaray.

¿Quién destruye y quién se queda destruido?
¿Y quién entierra el bisturí
abriendo los tumores de la nada?

El salitre se pega como un cáncer al espejo.

¿Cómo es posible que una calle abarque al mundo?
¿Cómo es posible que un ojo de mar defina al tiempo?

 

del libro El libro de la muerte  (1985)

 

ÉRAMOS flores desterradas desde un Caribe ancho
y luminoso a un apartamento nocturno y estrecho.
Éramos un recuerdo distinto y similar de voces
amorosas que quedaron atrás encerradas en el
mar, jugando al escondite por bosques milenarios y
volcanes dormidos. Éramos todo eso y mucho más:
el eco de un espíritu sincero que cambió brisa
por humo, fuego de sol por ceniza, gente de carne
y hueso por máscaras anónimas, hombres de la
ciudad que en el amor volvieron a sus islas infinitas.
Cubanacán boricua y Borikén cubano, finalmente
abrazados, con las alas cortadas falsificando
vuelos, como cambiando pétalos por plumas.
Éramos boleristas de la misma loseta: vereda
tropical y niebla de riachuelo, un desvelo de amor
bajo Venus, olas y arenas de una nave sin rumbo,
besos de fuego para una canción desesperada,
yo era una flor y tú mi propio yo. Con lágrimas
de sangre quise escribir la historia que ahora escribo
con sangre, con tinta sangre, del corazón. Éramos
compañeros del desorden profundo, pasión de
vellonera hombres por fuera y por dentro, no
solamente cuerpos sino historia. Éramos la victoria
de amarnos sin prejuicios, sin posesión ni celos,
sabiendo que lo eterno dura un segundo. Éramos los
remeros de la misma galera en busca de esa isla que
al final los libera. Éramos mucho menos
de lo que ahora somos.

 

del libro Invitación al Polvo (1991)

 

LA DINASTÍA DE LA LUNA

Bañados por la nata del tiempo
tachados por la luz de su alambique
las almas lunarosas de los arrecifes
sueñan del mar de la fertilidad en el que nacen
saben del corazón, del hueco lento que busca la memoria
sabe quel cuerpo, mansión deshabitada, pueblo muerto
hiato avergonzado de su historia, jamás comprenderá
qué leche lo alimenta a sangre fría.

La madre lo amamanta, lo seduce, lo ahoga con humo
de caricias, lo lanza peligrando al precipicio
para que agarre el margen, eternamente el margen de la vida.
El niño es un lunar es un destino, la quinta luna,
el tajo de un amor cicatrizando al viento, el ojo y el reflejo
del miedo más remoto, el cuerpo de otro cuerpo.
Al final, carne y luz son la misma materia del poeta
carne y sombra, también hacen temblar el placer invisible
de árboles sanguíneos echando sus raíces en la arena
como faros marinos para ángeles del Mar de los Sargazos.
Cerca del mar están las islas del Trópico de Cáncer.
Para ellas un sordo nebuloso compuso una sonata,
claro de luna, plata de un piano de madrugada líquida,
arrebata de piedra, manantial de espíritu.
Ese collar vertical las cría y las sostiene
ese ombligo invisible huracaniza el caos, las educa,
esa angustia de hilos siderales martiriza la seda
para que vivan luego la otra biografía del gusano.

No era Mongolia, no era Tumbuctú, no era Castilla,
el punto de partida del dolor es otra dinastía,
híbrido amor de tálamos y tumbas calcinados,
puentes de sándalo en guerra con los vientos alisios,
barcos de filigrana ahogándose en la lluvia del olvido,
un código cabal que intenta descifrar los manuscritos
de todos esos libros nunca escritos para que nadie sepa.

La falsa paz de un yugo azul los atormenta
la verde podredumbre de un manglar los falsifica
fabrican retratos amarillos de sus antepasados
y cada noche sueñan la fórmula secreta de mejorar la raza.
Cuando es la luna llena al tiburón arcángel mortifican
y si el cuarto es menguante el negro vaginal lo descompone
cuando la luna es nueva la ballena de hielo los eclipsa
y si el cuarto es creciente el falo del monstruo los penetra.
El cuero carabalí no es cosa de cantos gregorianos
la flauta del hueso de un difunto no es cuento de invasores
al son que se les toca bailan lunáticos, locos, lacerados,
hartándose el banquete de sus lenguas mechadas con silencio.

El palacio de la pobre dinastía de la luna fue de palmas
trenzas de polvo alzaban sus terrazas al fin de la intemperie
estanques de sudor lamían las nalgas sulfurosas de una estatua
la ciudad palaciega moría en una bruma de sereno y salitre.
La visión arqueológica sólo alcanzó la luz de sus vitrales
solamente encontró huellas de esperma pronosticando templos
adivinó la esfera original de los plomizos jueyes cancerosos
y pudo formular lo más campante el fin fabuloso de la estirpe.

 

del libro Invitación al polvo (1991)

 

VUELVO a cantar dejando atrás la muerte
sumándome a la horrible ternura del amor
que ahora llega cuando la vida es tarde
para ser inocente de las guerras futuras.
Vuelvo a la noche eterna de la espera
al prejuicio sagrado de un solo hombre
después de haber hecho la paz
en los atardeceres remotos de la soledad.
Vuelvo al mundo separándome más
habiendo parido otro fantasma
habitante de playas neblinosas
enemigo fugaz de las metáforas.
Y estás aquí.
Prometiendo un amor que rebasa este siglo.
Repartiendo la lluvia sedienta del verano.
Pintor fidelísimo de paredes humanas.
Animal de otro espacio ilimitado.
Tanto reloj sin horas nos seduce
tanta gana inconclusa nos aprieta
tanta ilusión apenas nos inicia
en el lento funeral de nuestra dicha.
Tenemos poco tiempo y pocas cosas:
una alfombra manchada, dos vasos sin memoria,
un teléfono negro, un escondite,
una llave de luz que cierra la tristeza
y un pasado inmediato que ahora nos rechaza.
Caminando perdidos de la mano
de nuevo nos sorprende que tanto amor exista.

 

del libro Invitación al polvo (1991)

 

ESTÁS enamorado.
Caminas por la calle del exilio
persiguiendo el recuerdo de una niebla.
Es otra vez la hora del crepúsculo
y vuelves a detenerte en esa esquina
donde piensas que le verás pasar.
Esperas. Con el corazón en la boca.
No llega ni llegará el amado.
Él nunca fue pájaro en mano
sino cuerpo tembloroso en tu camino.

Estás perdido.
En el tibio espiral de tu memoria.
Tienes catorce años, estás en Puerto
Rico y estás enamorado de un ángel.
Escribes cuentos de cuerpos con alas
escondidos en las arrugas de un lecho
bajo el polvoriento abanico de aspas.
Te ha sido dado un adelanto de muerte.
Juras que no amarás jamás,
tu escritura será la salvación o el castigo.

Retrocedes a la playa de la infancia
haces un pacto con las sirenas
visitas la cueva de tu primer orgasmo
pero las golondrinas enmudecen.
Nadie te dice adiós ni te echará de menos.
No pides ser recordado. Es tu recuerdo.
Comprendes la soledad de las arañas.
Te vas sin que el espectro del salitre
te detenga.

Cambia la luz del semáforo y cruzas.
En New York se avecina una noche calurosa de otoño.
Parece que los pájaros han emigrado a las islas.
Las hojas secas se arremolinan en la cuneta.
Entras a la bodega pero él no está.
Excusas su ausencia
comprando cigarrillos y cerveza.
Una llovizna repentina
hace que aceleres el paso y llegas
hasta una iglesia clausurada.
Te sientas en los peldaños húmedos.
No han hecho cita. A lo mejor vendrá.
Estás hecho de tiempo.

Tienes miedo al amor
o a la pasión que amenaza
tu pasión por la escritura.
La soledad del verso es bálsamo seguro
de todas esas otras soledades:
John es polvo de tumba sin cadáver
Ángelo es polvo de de emigrante sin ruta.
Ángel es polvo de castillo en la arena.
Pero José es polvo sobre polvo.
Para el poeta que ama ya es muy tarde.

Estás obsesionado con la vida
tú que sólo has querido conocer
el mar y el misterio de la muerte.
Ahora te arrepientes. No hay salida.
Tú no escogiste la poesía.
La luna te volvió poeta.
Entonces, ¿a quién rezas?
No tienes religión, tienes historia:
la cruel sospecha de la repetición
que aspira libertad
y gasta su reloj buscando gloria.
Historiador del corazón que late
te bates impotente en la guerra del amor.

Te sientes naufragado.
La noche suda negra sobre la brea.
Piensas que un delirio de drogas
sería la respuesta para la soledad.
Sabes a ciencia cierta que la magia
de adormideras secas no hará un pez
de tu cuerpo en esa playa sin pescador.
Es domingo. Tienes treintiocho años
y es la víspera de algo muy tranquilo:
un voto de vejez, una piedra de paz,
ese volver a estar contigo mismo
que inevitablemente te hace otro
adentro de tu abrazo y tu cariño.
¿Cuál de los que amaste regresó
para abrazarte de la misma manera?
¿Qué se queda? Un charco en la acera
donde mirar a tu mejor amigo.

No dudes que él te amó. No mires atrás.
A lo mejor te ama desde su laberinto
y se conforma con recuerdos precisos
con el sudor de siglos que nunca se evapora
con tu cuerpo que añora en su silencio puro
con tu músculo duro derretido en su boca
con la querencia loca de otro poema tuyo
que siempre supo suyo y aprendió de memoria
con la fugaz historia de dos desconocidos
esclavos abolidos por la misma ternura
que por eso asegura que ausencia no es olvido.
Se habrán reconocido desde lejos
y ya saben espejos de los que no se tocan
esos que siempre evocan la ilusión de lo eterno.

El presente es perfecto. Es todo lo que tienes.
Has descubierto el puente que da sentido al tiempo
que pensabas perdido. La prueba es el poema
que has escrito.

 

 del libro Invitación al polvo (1991)

 

 

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Manuel Ramos Otero (Puerto Rico, 1948-1990).  Poeta, profesor y escritor. Como muchos otros escritores de la época, se mudó a Nueva York buscando un ambiente con menos represión sexual y social. Trabajó como investigador y profesor en varias universidades. Publicó el poemario El libro de la muerte (Waterfront Press; Editorial Cultural, 1985), y los póstumos Invitación al polvo (Plaza Mayor, 1991) y Tálamos y tumbas (Universidad de Guadalajara, 1998), así como los libros de narrativa Concierto de metal para un recuerdo y otras orgías de soledad (Editorial Cultural, 1971), La novelabingo (El Libro Viaje, 1976), El cuento de la Mujer del Mar (Ediciones Huracán, 1979) y Página en blanco y staccato (Plaza Mayor, 1987). El final de su obra refleja un testimonio crítico contundente sobre los prejuicios que acompañaron la epidemia del virus del sida.